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miércoles, 27 de agosto de 2014

El regreso de las vacaciones

Comenzar a marcharse del destino de vacaciones es como asistir a la transformación de una oruga en mariposa. Según aumenta la distancia entre nuestro destino pasado (recién descubierto) y el futuro (ya conocido) la crisálida se resquebraja, lentamente, al ritmo del paisaje a través de la ventanilla.
Todo lo que hasta hace unos instantes es presente, más o menos sabroso, empieza a convertirse en recuerdo. Y ya se sabe que la memoria tiene el poder de intensificar la realidad. Alejarse dulcifica los acontecimientos, eleva las sensaciones, hace nacer la añoranza.
Y así días después, adaptándose de nuevo a la rutina, entrando de nuevo en el molde que dejamos tiempo atrás, el verdor de la hierba, la brillantez del cielo azul, la tristeza de las tormentas, el crujir del suelo, el holor a pies y el tacto de los gatos aparecen cuando una menos se lo espera, irrumpen en silencio descolocando el momento y dando una punzada en el corazón. Porque qué bien nos lo hemos pasado. Qué bien nos lo hemos pasado. Y qué lejos queda, como en un sueño, lo que ha sido.

miércoles, 20 de agosto de 2014

De vacaciones

El verano está llegando a su fin. De hecho, aquí donde estoy de vacaciones, todo huele a otoño y los niños ya han empezado las clases. El verano se pasa volando, ¿verdad? En mi caso, se trata de dos meses de cambios frecuentes. No más de tres semanas en el mismo sitio. Maleta arriba, maleta abajo. Me encanta. Pero cuando llega septiembre estoy feliz de desahacer definitivamente las maletas, de recuperar mi casa, mi armario, mi cama, mis vistas.
Tengo comprobado que la felicidad por el amarraje en la cotidianidad me dura un par de meses. Para navidades estoy deseando hacer, si puedo, las maletas, u organizar los viajes que vendrán. Y de enero a junio todo es un esperar, un desear que llegue de nuevo el final de las clases y hacer las maletas y empezar con las frenéticas semanas que me llevan de un lado para otro. Creo que lo que más me engancha del verano es la luz, la calle, la vida al aire, el contacto con la naturaleza. Recuerdo que allá por febrero, durante unos días hizo buenísimo. Me sentí traicionada por el clima. No estaba preparada para salir de la cueva invernal. Y sin embargo la gente estaba feliz con la ilusión de la primavera. Me lleva tiempo acostumbrarme a los cambios. Y suelo ir con retraso. Cuando llega la primavera es cuando más a gusto estoy en el invierno. Cuando llega el otoño, es cuando más a gusto estoy en el verano.
Así que esta vez, paso mis vacaciones de verano en un clima otoñal. Regresaré a casa en unos días y me recibirá en el aeropuerto un abrazo de calor seco. Me hará ilusión volverme a poner pantalones cortos. Pero el otoño, cuando llegue, ya no me pillará por sorpresa porque durante mis vacaciones, no hace tanto tiempo, habré tenido un otoño por sorpresa. Y no me habré sentido traicionada, porque durante las vacaciones las sorpresas del tiempo son otra cosa

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sábado, 31 de mayo de 2014

Cumpleaños

Pasado mañana cumplo años. Uno más, como no podía ser de otra manera. Esta vez, rompiendo con la tradición de los últimos, me alegra cambiar de dígito. Siento, en realidad, que ya los he cumplido, que he cumplido incluso los que todavía no tengo. Y que con el trabajo que me han dado estos de los que me despido espero tener tranquilidad para rato.

Es extraño esto de la edad. Extraño lo que produce decirla y a quién se lo dices. Es como si los años que tienes te colocaran automáticamente en una tabla de medir. Con frecuencia estoy rodeada de gente, en general, mayor que yo. Me he acostumbrado a la admiración que en ocasiones provoco al decir que sí, que he llegado antes al mismo sitio al que ellos llegan ahora. Y qué. A otros sitios no llegaré ni siquiera con 80. Sin embargo, me consideran joven (es lo que tiene estar con gente mayor que una), absurdamente joven. Absurdo porque al rato, cuando cambio de compañeros, me convierto en la viejales de la que te separa una generación. Y entonces me siento mayor, fuera de onda, fuera de mercado, fuera de cualquier plan.

Tengo 35 años. Canas en el pelo largo que me tiño de rubio. Y también en mi vello púbico. Alrededor de mis ojos se despliega un abanico de finas arrugas. Las ojeras se me han ido marcando en los últimos años y junto a mi boca, desde los bordes de la nariz hasta la comisura de mis labios, se descubren, más que nunca, hendiduras al hablar que antes no existían. Tengo 35 años, una pareja, dos hijos, padres, hermano, amigas y un trabajo.

El día 2 cumpliré 36. Y estoy contenta de decir adiós a la redonda cifra de los 35, al 5º ciclo de 7 años. Y de despedirme y dar la bienvenida todo al mismo tiempo en una mañana de junio, de esas que se despiertan frescas, con una potente luz cálida que se refleja en las nubes que dejaron tormenta, con olor a tierra viva y con el canto de las alondras. Así es.

domingo, 19 de enero de 2014

Domingos

Me gustan los domingos. Me gustan los domingos porque suele surgir la posibilidad de encontrar un momento para pasarme por aquí, sentarme delante del ordenador y dedicarme a reflexionar y divagar. Dejar constancia, simplemente, de que ha habido un instante en el que he paladeado cierta libertad y encuentro conmigo misma.
Hoy llueve. Saldremos ahora a tomar el aperitivo a casa de unos amigos. He descubierto a Hideaki Hamada y he compartido sus fantásticas fotos con mi hijo mayor. He cocinado salmón, tendido la ropa y mirado por la ventana. Y he aprendido que la lanolina proviene de las sales que se extraen de las aguas en las que se lava la lana.
Es tiempo. No más. Un día en el que no hay nada programado, todo está por venir y en el que apenas miro el reloj. Me encantan los domingos.

miércoles, 1 de enero de 2014

Primer día del año

La niebla lo ha borrado todo. ¿Qué sorpresa nos prepara para este estreno de año?


domingo, 20 de octubre de 2013

Lirios

La semana pasada me regalaron un ramo de lirios. Una docena de perfectos capullos y un lirio ya florecido, que en nada anunciaba el espectáculo que resultaría de ver 13 lirios abiertos. Durante la semana, día tas día, hemos asistido a la transformación de ver abrirse, de la noche a la mañana, uno a uno, dos de golpe, tres... Hasta que por fin no ha quedado más que uno sin abrir.
Y desde hace una semana, la casa desprende un olor dulce y embriagador que no pasa desapercibido. Es intenso, oscuro y algo húmedo. Por las mañanas,  más de un día he tenido que abrir las ventanas para provocar que la intensidad del olor acumulado durante la noche se amortiguara con el aire fresco de la calle. Sin embargo, gracias a su olor no olvidas que asomándote por la cocina, sobre la mesa, tienes un espectáculo de vida, efímero, que cada día cambia. Y me acuerdo de la señora Dalloway yendo a comprar flores una soleada mañana de primavera.
Queremos que hermosas flores nos recuerden lo efímero de la vida, el cambio a que está sujeta, y lo hermosa que es.



jueves, 15 de agosto de 2013

Recuperación del síndrome de Penélope

Tras acabar la manta... pasó algo insólito. Llegó el fin de curso, que va siempre asociado a fiestas, planes fuera de casa, maletas y estrés. Sin embargo, mi cabeza se había llenado de ideas y no podía parar de hacer... Supongo que todo el tiempo de más que le había dedicado a la manta había funcionado como un tapón que había impedido que otras ideas se materializaran. En fin, se trató solo de un par de semanas, pero me sorprendió mi capacidad para encontrar, entre la vorágine de dejar una casa para ir a otra, de acabar las clases, de los plazos en el trabajo... para encontrar, decía, el momento de sacar agujas, tijeras, lo que tocara, y hacer. Apenas tengo fotos que demuestren mi extraordinaria productividad... pero creedme, más allá de esto que veis, hice un camisón, un visillo y 5 cojines para el jardín. ¡No es broma!


Síndrome de Penélope

Sí, Penélope, la mujer de Ulises, aquella que, convencida de que su marido regresaría tarde o temprano, engañó al tiempo deshaciendo por la noche todo lo que de día tejía. Por eso nunca terminaba, y alejaba así el momento siempre postergado de casarse de nuevo al finalizar su tapiz. Lo que no sé es cuándo dormiría... En fin, eso non nos importa.

El caso es que estos meses de atrás he experimentado lo que imagino que Penélope sentiría, en realidad, hacia su  labor: un apego absoluto. Tal, que simplemente imaginar el fin de esta y el vacío que le traería le resultaba insoportable. No es que no quisiera casarse, no, es que no quería dejar de tejer, porque cuando estás metida en algo tan grande, como supongo que sería el tapiz en el que ella andaba, no es fácil aceptar que has acabado, que has de pasar a otra cosa, que ha llegado el fin.

Y así he estado yo. Terminando mi manta una y otra vez sin dejar de hacerlo. Hasta que un día me di cuenta, después de deshacer por tercera vez el reborde, de que estaba retrasando lo evidente. Sí, me negaba a poner fin a lo que ya estaba hecho y requetehecho. Había que cortar la hebra. Y lo hice, y sentí tristeza, vacío y vértigo. Pero al final pasé a otra cosa. Porque no hay más remedio. La lana, después de manosearla mucho haciendo y deshaciendo, no hay quien la teja.

De vuelta

No me puedo creer que, a lo tonto, hayan pasado tres meses de mi último post... Así están las cosas. Un poco de jaleo por un lado, otro poco de pereza por otro, una ausencia larga, con difícil acceso a internet, por último... ¡y este es el resultado! Tengo post almacenados, fotos pendientes... Pero no sé por dónde empezar. Lo más fácil quizás sea por enseñar mi tan traída y llevada manta... Pero lo primero, romper el hielo. ¡Publicado!

martes, 19 de marzo de 2013

Con la muerte a cuestas: coletazos de un invierno rencoroso

A las puertas de la primavera. Aunque se resista, es imparable ya su llegada. Por fin acaba el peor trimestre del año, la travesía del desierto, los días que van desde el 7 de enero al 21 de marzo. Por fin. Pero como si de un toro fuera, el peor trimestre del año se va matando. Lo de menos son los virus y sus secuelas en forma de tos. O las interminables nevadas de invierno transformadas en preludio de tormentas primaverales. O las incertidumbres y presiones en el trabajo (dentro o fuera, ¿tú qué opinas?). Lo de menos son las dudas, las crisis, las cuevas. De todo esto no se muere. Porque lo peor es esto, morirse. No por uno, sino por el resto.

Generalemente es así. El que se muere de forma inesperada puede producir una especie de alivio amargo y profundamente injusto. El que se muere por justicia de la edad, nostalgia por un tiempo que acabó. El que se muere sin quererlo y sin poder evitarlo, descoloque, perturbación, terremoto, tragedia.

Hoy es un día de esos en los que la muerte aflora por manojos. Pasaré por encima de Ulises, nuestra tortuga en su isla de Ítaca, daño colateral de la fobia a los reptiles, la indiferencia constante pero pasión esporádica de su dueño de 5 años y la presencia insuficiente (los hechos hablan por sí solos) pero fiel del pater familias. Esta es una muerte nimia, porque las hay que son así. Deseo que no haya sufrido, pero su desaparición apenas ha causado impacto.

No es el caso del resto de muertes que han florecido estos días. Un infarto por sorpresa (¿podría ser de otro modo?) en un corazón de más de 80 años al otro lado del Atlántico. Su mujer y su hija, a este otro lado, recogen el cabo suelto transoceánico del rencuentro que estaba cerca. Ya no. Otra muerte está llena de dolor acallado con morfina. Todavía no ha ocurrido pero ya pronto. Un niño. Un tumor. No hay más que decir. Y la última, la más reciente, la más perturbadora, la que no deja un ápice de alivio por el fin de un dolor preexistente. Porque no hubo dolor. Pero así, de golpe, porque sí. El resultado, un niño de 5 años que hoy pedía turrón de chocolate, feliz, juguetón, junto a sus amigos, bajo la lluvia (para qué llorar) que todavía no se ha dado cuenta de qué significa que tu padre muera. Que su padre haya muerto.

Y todo esto a las puertas de la primavera, quizás para hacernos el favor de recordarnos que esto sigue, aunque deseemos por todos los medios que pare, que pare, que pare, que alguien borre de nuestro interior el puño opresor del dolor. Pero no. Nada para, todo sigue, los cerezos ya están en flor, como los prunos, como las mimosas del paseo. Y los campos reciben felices las lluvias interminables de la primavera. Y ahora estamos. Y mañana ya no.

martes, 8 de enero de 2013

Superlunes

Ya estamos de nuevo aquí: las 7 de la mañana y el día rebosante de rutina por delante. Ahora me pondré con los almuerzos, las comidas y las meriendas. Luego, llevaré a los niños al cole y me iré a trabajar. Y por la tarde, ya veremos, porque el día sigue tan desaparecido y borrado como ayer: niebla espesa que hace que nada exista para los ojos. Es lo único que se ve por las ventanas. Incluso a estas horas en las que todo es oscuridad.
Ya han acabado las vacaciones de Navidad. Apenas dos semanas pero han dejado el poso de un viaje de meses. Ayer me supo a gloria el día de vacaciones post-Reyes. Lo necesitaba. Sí, un día así, de paréntesis, de vacío entre dos ritmos, el de las vacaciones y el del cole y el trabajo. Pusimos orden en la casa, eliminamos cualquier resto decorativo de celebraciones pasadas, cocinamos cosas sencillas y nos acostamos pronto.
Acaba de aparecer mi hijo diciendo que no quiere ir al cole... Vuelta a la rutina. Hoy, aunque sea martes, es un superlunes.

lunes, 31 de diciembre de 2012

El último día del año

31 de diciembre. Acaba 2012. 12 meses, 365 días. 52 semanas. Y 4 estaciones, como cada año en esta parte del mundo. Necesito hacer un repaso de lo que ha ocurrido durante este tiempo. Revisar los acontecimientos, con el único objetivo de ubicarme en el espacio tiempo (más en el tiempo que en el espacio) y darme un abrazo fugaz con el imparable reloj. Algo así como, "hola, qué tal, te acompaño un rato, aunque luego me olvide de que nunca paras de andar, y todos contigo, y de que nos enfrenta a menudo el deseo de frenarte y congelarte, pero no es posible. Pues eso, que te vaya bonito. Hasta pronto".
Así que aquí estoy. Lunes por la mañana, rodeada de niebla, de abuelos, de mi hijo madrugador, de más niebla, y con la perspectiva de un día largo, tan largo que acabará mañana. Intento recordar qué ha pasado este tiempo atrás, cuáles han sido los hitos, los punto de inflexión, los momentos que tienen que quedar por escrito para que el olvido que arrastra el paso del tiempo no se los lleven. Y me cuesta. Tal es la presencia del presente y de lo que está por venir.
Desencuentros y reencuentres amistosos; ascensos y descensos laborales; Mallorca, Córdoba (una de cal y otra de arena); La Pedriza. La jubilación de mi padre y la entrada en el paro de mi madre. Mi hermano en Islandia. Pádel. Agujas de ganchillo y de punto. La peor versión de mi misma + la mejor posible. Frío, calor, frío, calor. Cirujano en Valencia. Perder la brújula de los padres, encontrarla. Burgos. Otra vez Burgos. Riaza, Gredos. Valencia. Aquí no paga nadie. Concierto. Un par de cines. Confort a menudo. Miedo a veces. Seguridad y confianza la mayoría del tiempo. Incomprensión de vez en cuando. Satisfacción y plenitud en el fondo. Deseo de cambio profundo en ocasiones. Tejiendo el cambio casi a diario. Colette, Ian McEwan, Gavalda. Atasco con Virgina, Virgina Woolf. Deseos, ilusiones y proyectos. Plenitud con mis hijos, plenitud con sus grietas naturales. Ganas. Ganas de que vengan más días, de estar estrenando uno. Que aunque sea el último, puede perfectamente ser el primero. Como lo son todos.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Hojas de otoño


Durante estas semanas de otoño, en cada trayecto de regreso a casa del colegio llegábamos con un ramo, como mínimo, de hojas caídas de los árboles, grandes y pequeñas. Liquidámbar, pruno y plátano de sombra, principalmente, han estado decolorándose por distintos puntos de la casa, en jarrones, vasos, platos o ensaladeras reconvertidas. Ahora apenas hay diferencia de color entre unas hojas y otras. Porque los contrastes del otoño pasan rápido, muy rápido, y enseguida caemos en la monocromía del invierno.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Y por fin llueve

Justo antes de comer hemos estado dibujando. A mis hijos no les gusta demasiado eso de sentarse a pintar... pero procuro proponer la actividad con frecuencia, esperando que algún día disfruten de ella. Hoy he propuesto que le hiciéramos un dibujo al otoño que acababa de llegar. Curiosamente, he dibujado una tormenta, porque tengo ganas de que llueva, de que se vaya el calor, de que realmente empiece el otoño. Hace tanto que no llueve. Este veranos apenas recuerdo las típicas tormentas de agosto. En fin. Antes lo dibujo, antes ocurre. Aquí está la lluvia. Y yo no me había enterado ni de que venía. Que dure.

sábado, 25 de agosto de 2012

Regreso

Se acabaron las vacaciones. Adiós al calor sofocante y al azul inamovible del cielo, al agua cálida del mar, al frescor imprescindible del aire acondicionado. Primer día de vuelta de la vacaciones. En casa. Me alegra tanto volver a disfrutar de la panorámica desde mi octavo piso, ver el cielo amplio salpicado de nubes y horizonte, inmenso, inmenso. He salido temprano a dar un paseo. Los aspersores regaban el césped, que brillaba al reflejar la luz del amanecer sobre las gotas de agua. Y la sombra de los plátanos, titilando por la ligera brisa de la mañana. Qué alegría volver a casa, aunque el efecto de la novedad apenas vaya a durar un fin de semana. Ya sé que en unos días la melancolía me inundará el corazón y echaré de menos el calor sofocante, el azul inamovible del cielo, el agua cálida del mar y el frescor imprescindible del aire acondicionado. Pero hasta que llegue ese momento, qué bien estoy en mi casa.

lunes, 9 de abril de 2012

Paréntesis

2 meses, si las fechas no me fallan. Día arriba, día abajo. Dos meses sin pasar por aquí. Ha coincidido cierta sequía trasladada del exterior a mi interior con cierta desgana... Ni una foto, ni una cita, ni un comentario. Supongo que soy así, fluctuante, capaz de pasar de la mayor intensidad a la indiferencia en poco menos de dos meses. Pero parece que he vuelto... dispuesta a coger grandes olas. Hasta que cambie la marea.

sábado, 31 de diciembre de 2011

El último día del año

Hoy es 31 de diciembre. Es sábado y, como hace exactamente una semana, mañana será domingo. Sin más cambios que el del calendario, el día de mañana será muy parecido al de hoy. Pero la convención dice que hoy cerramos 2011, que mañana se inicia un nuevo año para el que muchos renovamos proyectos, proyectamos deseos, deseamos cambios. Y este cambio nos hace creer que hoy es un fin y mañana un principio.
Los 31 de diciembre suelo encontrar un hueco para hacer un repaso de lo que han sido los últimos 12 meses. Hoy todavía no ha llegado ese momento, pero quizás no me importe. Antes de las 12, en mi casa escribiremos en un papel nuestros deseos para el nuevo año y los haremos arder en la chimenea. Quizás este año echaré a arder lo que quiero que el 2012 se lleve. No me parece adecuado hacer arder los buenos propósitos.
Y ya voy por la mitad de este día extraño, en el que ando algo desorientada, sin saber muy bien qué hacer o qué esperar. Simplemente siento cómo la rutina llega, cómo lo inesperado se cuela, como lo de siempre es losa y alas. Y lo inesperado, en esta ocasión, un regalo amable.
Pues adiós, 2011. Ha sido un placer transitarte. Me has proporcionado grandes descubrimientos, momentos felices y otros menos. Serás el año del 15-M, de la muerte de mi abuela, de Menorca y Menorca. El año en que L. empezó a hacerse preguntas existenciales y en el que B. convenció con una caricia y una sonrisa. Un placer, de verdad.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Luna creciente





Estoy sentada en la mesa del comedor. La noche ha ido llegando, sigilosa, mientras yo no levantaba la vista de las pruebas que ando corrigiendo. Cuando por fin lo he hecho el sol había desaparecido completamente detrás de las montañas, justo enfrente. El cielo estaba negro y, junto a los grillos que cantan 8 pisos más abajo, una hermosa luna creciente decora este momento. Esta noche de verano tiene algo de embriagador, de loco. No sé si es el mantra rítmico de los grillos, el rumor de los coches a lo lejos, el cielo sin estrellas, ocultas tras el reflejo en los cristales de las ventanas, pero tengo ganas de salir a la calle, de bailar, de cantar, de reir. Es una noche de verano con sabor a noche interminable, a noche de esas que deseas eternas. Pasa el tren acallando los grillos. Un niño llora. Dos perros ladran. La luna, acunada, se ha vuelto roja.

viernes, 22 de julio de 2011

De repente el fin

Los días pasan y julio se acerca a su fin. Este extaño mes de julio con sabor a final de agosto y olor a tierra húmeda. En un suspiro, casi cuatro semanas se han escurrido a un ritmo imparable y eficaz, dejando un rastro de polvo, sol a medias, expectativas bajas y sobremesas a la luz de la luna. Y este transcurrir es una metáfora perfecta de la vida: de repente el inicio, de repente el fin, y entre medias, sin saber cómo, han pasado cosas deseadas, otras inseperadas, también imaginadas e incluso imposibles. Pero de repente el fin.

miércoles, 16 de febrero de 2011

El comienzo del fin del invierno

... y es que los cerezos y los almendros han empezado a florecer. Es difícil darse cuenta porque apenas quedan cerezos ni almendros en mis recorridos habituales, pero los que han sobrevivido a las oleadas especulativas de los últimos años, ya han echado su flor. Un vez más.