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sábado, 23 de noviembre de 2013

París

Fin de semana de trabajo en París. Supongo que no suena mal y que a más de uno le parece un planazo. Yo me he resistido, lo confieso. Me apetecía un pimiento y me sentó fatal saber que tenía que venir en fin de semana. Pero ya estoy aquí, casi 24 horas después de haber aterrizado en Orly y de que una taxista nos arrastrara hasta el 14e arrondissement dando bandazos por culpa del GPS. "¡Estas máquinas no funcionan!".
Me resulta alucinante cómo el espacio puede ser algo tan aleatorio. El jueves todavía estaba en Madrid. Hoy estoy junto a la torre Montparnasse. Pero es que el lunes, no hace todavía una semana, fui a mi antiguo barrio, en el que viví hasta hace 4 años. Subimos al piso. Entramos. Y era natural estar allí, como lo es ahora estar aquí.
Nos acostumbramos a habitar un lugar, a transitarlos de determinada forma en determinados momentos. Luego los abandonamos y creamos hábitos diferentes e iguales en otros lugares. Y en nuestra memoria generamos un recuerdo de aquel otro sitio y sus rutinas.
Hice mi Erasmus en París hace ya muchos años. Ayer pasé por la calle donde viví en aquel momento, por delante de la Iglesia de la plaza, de la panadería, del metro. Justo el trabajo que tengo que hacer este fin de semana se encuentra en la calle paralela a la mía por aquel entonces. Quizás por eso no me siento extraña, más bien justo lo contrario, todo me resulta familiar. No se trata de un reencuentro con el pasado, ni por asomo podría ser, pero sí que lo es con el espacio.
Si me pongo a pensar en las cosas que pasaron mientras estuve aquí en aquel otro momento quizás provoque una crisis de melancolía. Nada más alejado de mis intenciones. Por eso voy a sumergirme en la familiaridad de todo lo que me rodea, en la certeza de que es un instante y de que en 48 horas volveré a ocupar mi espacio habitual. Y será normal volver a casa, mientras París prosigue su camino sin mi presencia.


lunes, 31 de diciembre de 2012

El último día del año

31 de diciembre. Acaba 2012. 12 meses, 365 días. 52 semanas. Y 4 estaciones, como cada año en esta parte del mundo. Necesito hacer un repaso de lo que ha ocurrido durante este tiempo. Revisar los acontecimientos, con el único objetivo de ubicarme en el espacio tiempo (más en el tiempo que en el espacio) y darme un abrazo fugaz con el imparable reloj. Algo así como, "hola, qué tal, te acompaño un rato, aunque luego me olvide de que nunca paras de andar, y todos contigo, y de que nos enfrenta a menudo el deseo de frenarte y congelarte, pero no es posible. Pues eso, que te vaya bonito. Hasta pronto".
Así que aquí estoy. Lunes por la mañana, rodeada de niebla, de abuelos, de mi hijo madrugador, de más niebla, y con la perspectiva de un día largo, tan largo que acabará mañana. Intento recordar qué ha pasado este tiempo atrás, cuáles han sido los hitos, los punto de inflexión, los momentos que tienen que quedar por escrito para que el olvido que arrastra el paso del tiempo no se los lleven. Y me cuesta. Tal es la presencia del presente y de lo que está por venir.
Desencuentros y reencuentres amistosos; ascensos y descensos laborales; Mallorca, Córdoba (una de cal y otra de arena); La Pedriza. La jubilación de mi padre y la entrada en el paro de mi madre. Mi hermano en Islandia. Pádel. Agujas de ganchillo y de punto. La peor versión de mi misma + la mejor posible. Frío, calor, frío, calor. Cirujano en Valencia. Perder la brújula de los padres, encontrarla. Burgos. Otra vez Burgos. Riaza, Gredos. Valencia. Aquí no paga nadie. Concierto. Un par de cines. Confort a menudo. Miedo a veces. Seguridad y confianza la mayoría del tiempo. Incomprensión de vez en cuando. Satisfacción y plenitud en el fondo. Deseo de cambio profundo en ocasiones. Tejiendo el cambio casi a diario. Colette, Ian McEwan, Gavalda. Atasco con Virgina, Virgina Woolf. Deseos, ilusiones y proyectos. Plenitud con mis hijos, plenitud con sus grietas naturales. Ganas. Ganas de que vengan más días, de estar estrenando uno. Que aunque sea el último, puede perfectamente ser el primero. Como lo son todos.

sábado, 31 de diciembre de 2011

El último día del año

Hoy es 31 de diciembre. Es sábado y, como hace exactamente una semana, mañana será domingo. Sin más cambios que el del calendario, el día de mañana será muy parecido al de hoy. Pero la convención dice que hoy cerramos 2011, que mañana se inicia un nuevo año para el que muchos renovamos proyectos, proyectamos deseos, deseamos cambios. Y este cambio nos hace creer que hoy es un fin y mañana un principio.
Los 31 de diciembre suelo encontrar un hueco para hacer un repaso de lo que han sido los últimos 12 meses. Hoy todavía no ha llegado ese momento, pero quizás no me importe. Antes de las 12, en mi casa escribiremos en un papel nuestros deseos para el nuevo año y los haremos arder en la chimenea. Quizás este año echaré a arder lo que quiero que el 2012 se lleve. No me parece adecuado hacer arder los buenos propósitos.
Y ya voy por la mitad de este día extraño, en el que ando algo desorientada, sin saber muy bien qué hacer o qué esperar. Simplemente siento cómo la rutina llega, cómo lo inesperado se cuela, como lo de siempre es losa y alas. Y lo inesperado, en esta ocasión, un regalo amable.
Pues adiós, 2011. Ha sido un placer transitarte. Me has proporcionado grandes descubrimientos, momentos felices y otros menos. Serás el año del 15-M, de la muerte de mi abuela, de Menorca y Menorca. El año en que L. empezó a hacerse preguntas existenciales y en el que B. convenció con una caricia y una sonrisa. Un placer, de verdad.

domingo, 16 de enero de 2011

Patatas a la importancia


Es una receta de la abuela Constanza. Patatas, harina, huevo, carne picada, ajo, perejil y laurel. Una comida humilde y algo laboriosa, que seguramente resultaría sencilla en otra época. La abuela Mari nos las hizo en una de sus visitas y llevaba mucho tiempo queriendo hacerlas. Han quedado ricas, con algún detalle mejorable para la próxima, pero ricas. Al abrir la olla no me podía creer que algo que hubiera guisado yo oliera tan bien. ¡No ha sobrado nada! Incluso Bruno las ha devorado. Todo un acierto.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Abuela Marce

Mi madre acaba de decirme que mi abuela Marce está ingresada en la Concepción. Lleva varios días con oxígeno porque su nivel en sangre es pobre. Parece ser que todo lo ha causado una infección de orina. Así que ahí está, en urgencias. Mi tía Gloria recibió el aviso esta mañana y se fue para allá.

Yo llevo meses sin verla, quizás desde abril, o mayo, no recuerdo. No he ido a visitarla a la residencia desde hace más de un año. Que si Leo era pequeño y no lo podíamos meter allí, que si luego estaba embarazada y había gripe A, que si cómo me voy a ir con los dos niños… Excusas, siempre excusas. Y mi padre, no sé bajo qué interés, siempre poniendo pegas a que le acompañara.

Y ahora siento que se acerca el momento en el que tengo que despedirme de mi abuela, y no sé que decirle. Y sé que tampoco le va a importar mucho lo que le diga porque no se va a enterar. No va a saber ni quién soy y, aunque lo sepa, se le habrá olvidado al minuto. Pero yo sí que necesito despedirme de ella. Necesito saber lo que le diría. Porque no lo sé. Llevo mucho tiempo sintiendo el hueco que su ausencia provocaría. Hace mucho ya que la realidad es que la abuela no está con nosotros. Ha engordado, ya no lleva el pelo impoluto como antes y sus ojos miran casi perpetuamente un punto perdido en el horizonte. Y sin embargo todavía está aquí, todavía respira, todavía habla, todavía oye, todavía come.

Abuela, gracias por haber traído a mi padre al mundo. Sí, eso te lo quiero decir. Abuela, gracias por haberme hecho rosquillas y barquillos y croquetas. Abuela, gracias por traernos a mi hermano y a mí lenguas de gato cada vez que venías a visitarnos. Gracias por habernos querido y habernos cuidado. Mi querida abuelita… siento mucho que hayas sufrido tanto en la vida, que nunca nada te haya bastado y que nunca te hayas recuperado de la muerte de tu marido. Siento que hayas llorado tanto por no sentirte querida ni tratada con justicia o porque las vidas de tus hijos no hayan sido las que tú querías. Yo recuerdo tu risa a carcajadas, tus canciones, tus manos apretando las mías con todo el amor del mundo, las tirantes coletas que me peinabas y los churros que venían en aquel junco verde y que comíamos en tu casa. Ya ves, también yo voy creciendo y haciendo mi historia y acumulando mi pasado. Un pasado más dulce y fácil que el tuyo, sin duda, pero también irrepetible.

Te imagino de niña yendo a recoger aceituna agarrada al rabo del burro para no perderte. Te imagino mirando por la puerta de tu vecino el farmacéutico el día que este apareció asesinado. Te imagino bailando en las fiestas del pueblo apenas una niña. Y huyendo a Madrid para que no te afeitaran la cabeza por ser hermana de quien eras. También te veo bajando por la Gran Vía de madrugada, de vuelta del trabajo en el guardarropía del Labra. Y te recuerdo friendo patatas en aquellas sartenes gigantes de la cafetería Manila. La entrada a la cocina estaba bajo el hueco de la escalera y había que tener cuidado con no darse en la cabeza.

En fin, que planea la muerte este día soleado y nos recuerda de nuevo que esto es un suspiro, un suspiro azaroso con el que muchos no sabemos qué hacer. Otros no pueden elegir. Abuelita, que me quedo con tus historias y tus besos. Deseo que no sufras y que tu alma esté en paz. Te quiero.

martes, 1 de junio de 2010

El Cuaderno viajero

El Cuaderno viajero es un lugar calentito para nuestras almas. El cUaderno viajero vive en el cajón de mil mesillas de noche. El cuAderno viajero encierra la voz de cada una de nosotras. El cuaDerno viajero tiene el poder de trasladarte en el tiempo y en el espacio. El caudErno viajero guarda paisajes de siempre. El caudeRno viajero guarda paisajes desconocidos. El cuaderNo viajero es infinito. El caudernO viajero tiene las hojas contadas. El cuaderno Viajero se está escribiendo. El cuaderno vIajero no para de viajar. El cuaderno viAjero en cada página guarda un secreto. El cuaderno viaJero nos está esperando otra vez. El cuaderno viajEro es un boomerang. El cuaderno viajeRo va de acá para allá. El cuaderno viajerO nos conoce. EL cuaderno viajeRo es un ancla. El cuaderno viajEro es una brújula. EL cuaderno viajero es un faro. EL cuaderno viajero es el hogar. Gracias, Marta, por el CUADERNO VIAJERO.

viernes, 22 de enero de 2010

Rico entre las fieras y el olvido


Acabo de encontrarme, surfeando en la red, con la publicación de esta deliciosa obra de teatro, Rico entre las fieras. Mi tío, su autor, acaba de colgarla en scribd.com. No había vuelto a leerla desde que la interpretamos, por única vez (como dice el epílogo) en 1991. Me ha entristecido terriblemente no recordar apenas nada del texto. Lo estuvimos preparando varios días, ensayando mañana y tarde. En el estreno (yo animaba con un minueto al piano la subida del telón) me equivoqué nada más comenzar y tuvimos que empezar de nuevo. Recuerdo también los nervios, la familia y los amigos observándonos y la merendola de después. Y también, que uno de los amigos de mi hermano, que hacía de mono, se puso la capucha de su camiseta dejando las orejas al aire, lo que le daba un aspecto muy cómico. Esa fue una broma que duró algún tiempo. Sin embargo, no había ninguna huella del texto en mi memoria.
Sé que fue una experiencia grata y emocionante. Recuerdo con un inmenso cariño y agradecimiento los festivales que se montaban en Santa Susana cada verano durante mi infancia. Me encantaba memorizar poemas, representar pequeñas escenas y sentir el proyecto configurarse día tas día. Sin embargo, no entiendo cómo el mejor de todos los textos que nunca hemos trabajado se ha escurrido de mi memoria sin dejar el más mínimo poso de su contenido. Me entristece. Sobre todo, me entristece que es un olvido más, uno de tantos. Porque todo es olvido. El instante presente se apodera tan brutalmente de la memoria que no hay espacio para más. Lo que es pasado ya no es, pero debería seguir siéndolo.
Con esto no quiero defender la idea de vivir en el pasado, pero sí la necesidad de que el pasado nos configura y nos da perspectiva y visión para construir el presente. Si no, el resultado es un grifo abierto y el agua escurriéndose por el desagüe eternamente.
Por eso creo en el poder de la escritura, de la palabra. No hay mejor forma, junto con la fotografía, de luchar contra el olvido, de permitirnos retomar el hilo del pensamiento que un día existió y que fuimos nosotros. Porque esa niña de 12 años que tocaba el piano he sido yo, soy yo. A pesar del olvido.