sábado, 23 de noviembre de 2013
París
lunes, 31 de diciembre de 2012
El último día del año
Así que aquí estoy. Lunes por la mañana, rodeada de niebla, de abuelos, de mi hijo madrugador, de más niebla, y con la perspectiva de un día largo, tan largo que acabará mañana. Intento recordar qué ha pasado este tiempo atrás, cuáles han sido los hitos, los punto de inflexión, los momentos que tienen que quedar por escrito para que el olvido que arrastra el paso del tiempo no se los lleven. Y me cuesta. Tal es la presencia del presente y de lo que está por venir.
Desencuentros y reencuentres amistosos; ascensos y descensos laborales; Mallorca, Córdoba (una de cal y otra de arena); La Pedriza. La jubilación de mi padre y la entrada en el paro de mi madre. Mi hermano en Islandia. Pádel. Agujas de ganchillo y de punto. La peor versión de mi misma + la mejor posible. Frío, calor, frío, calor. Cirujano en Valencia. Perder la brújula de los padres, encontrarla. Burgos. Otra vez Burgos. Riaza, Gredos. Valencia. Aquí no paga nadie. Concierto. Un par de cines. Confort a menudo. Miedo a veces. Seguridad y confianza la mayoría del tiempo. Incomprensión de vez en cuando. Satisfacción y plenitud en el fondo. Deseo de cambio profundo en ocasiones. Tejiendo el cambio casi a diario. Colette, Ian McEwan, Gavalda. Atasco con Virgina, Virgina Woolf. Deseos, ilusiones y proyectos. Plenitud con mis hijos, plenitud con sus grietas naturales. Ganas. Ganas de que vengan más días, de estar estrenando uno. Que aunque sea el último, puede perfectamente ser el primero. Como lo son todos.
sábado, 31 de diciembre de 2011
El último día del año
domingo, 16 de enero de 2011
Patatas a la importancia
lunes, 27 de septiembre de 2010
Abuela Marce
Mi madre acaba de decirme que mi abuela Marce está ingresada en
Yo llevo meses sin verla, quizás desde abril, o mayo, no recuerdo. No he ido a visitarla a la residencia desde hace más de un año. Que si Leo era pequeño y no lo podíamos meter allí, que si luego estaba embarazada y había gripe A, que si cómo me voy a ir con los dos niños… Excusas, siempre excusas. Y mi padre, no sé bajo qué interés, siempre poniendo pegas a que le acompañara.
Y ahora siento que se acerca el momento en el que tengo que despedirme de mi abuela, y no sé que decirle. Y sé que tampoco le va a importar mucho lo que le diga porque no se va a enterar. No va a saber ni quién soy y, aunque lo sepa, se le habrá olvidado al minuto. Pero yo sí que necesito despedirme de ella. Necesito saber lo que le diría. Porque no lo sé. Llevo mucho tiempo sintiendo el hueco que su ausencia provocaría. Hace mucho ya que la realidad es que la abuela no está con nosotros. Ha engordado, ya no lleva el pelo impoluto como antes y sus ojos miran casi perpetuamente un punto perdido en el horizonte. Y sin embargo todavía está aquí, todavía respira, todavía habla, todavía oye, todavía come.
Abuela, gracias por haber traído a mi padre al mundo. Sí, eso te lo quiero decir. Abuela, gracias por haberme hecho rosquillas y barquillos y croquetas. Abuela, gracias por traernos a mi hermano y a mí lenguas de gato cada vez que venías a visitarnos. Gracias por habernos querido y habernos cuidado. Mi querida abuelita… siento mucho que hayas sufrido tanto en la vida, que nunca nada te haya bastado y que nunca te hayas recuperado de la muerte de tu marido. Siento que hayas llorado tanto por no sentirte querida ni tratada con justicia o porque las vidas de tus hijos no hayan sido las que tú querías. Yo recuerdo tu risa a carcajadas, tus canciones, tus manos apretando las mías con todo el amor del mundo, las tirantes coletas que me peinabas y los churros que venían en aquel junco verde y que comíamos en tu casa. Ya ves, también yo voy creciendo y haciendo mi historia y acumulando mi pasado. Un pasado más dulce y fácil que el tuyo, sin duda, pero también irrepetible.
Te imagino de niña yendo a recoger aceituna agarrada al rabo del burro para no perderte. Te imagino mirando por la puerta de tu vecino el farmacéutico el día que este apareció asesinado. Te imagino bailando en las fiestas del pueblo apenas una niña. Y huyendo a Madrid para que no te afeitaran la cabeza por ser hermana de quien eras. También te veo bajando por
En fin, que planea la muerte este día soleado y nos recuerda de nuevo que esto es un suspiro, un suspiro azaroso con el que muchos no sabemos qué hacer. Otros no pueden elegir. Abuelita, que me quedo con tus historias y tus besos. Deseo que no sufras y que tu alma esté en paz. Te quiero.
martes, 1 de junio de 2010
El Cuaderno viajero
viernes, 22 de enero de 2010
Rico entre las fieras y el olvido
Acabo de encontrarme, surfeando en la red, con la publicación de esta deliciosa obra de teatro, Rico entre las fieras. Mi tío, su autor, acaba de colgarla en scribd.com. No había vuelto a leerla desde que la interpretamos, por única vez (como dice el epílogo) en 1991. Me ha entristecido terriblemente no recordar apenas nada del texto. Lo estuvimos preparando varios días, ensayando mañana y tarde. En el estreno (yo animaba con un minueto al piano la subida del telón) me equivoqué nada más comenzar y tuvimos que empezar de nuevo. Recuerdo también los nervios, la familia y los amigos observándonos y la merendola de después. Y también, que uno de los amigos de mi hermano, que hacía de mono, se puso la capucha de su camiseta dejando las orejas al aire, lo que le daba un aspecto muy cómico. Esa fue una broma que duró algún tiempo. Sin embargo, no había ninguna huella del texto en mi memoria.