viernes, 9 de febrero de 2024

Hoy me pesa el sistema

 Una semana dura. Lo llevo diciendo los viernes desde hace semanas. Salgo por la puerta del instituto y se quedan congeladas hasta el lunes las urgencias y los fuegos. Sin embargo. Sin embargo la rutina del viernes por la tarde, con dolor de cabeza, lluvia y entrenamiento de desfogue cancelado, me ha traído a la biblioteca. Nuevo escenario en el que enfrentarme a redacciones plagadas de errores que debo rubricar con un guarismo dentro de un círculo. Hoy voy sin gafas. Todo el día viendo borroso a partir de un metro de distancia. Quizás por eso me duele la cabeza. He llegado a la biblioteca. Mi pequeño templo. Silencio. Libros. Silencio. Libros. He llegado a la biblioteca y estaba Isa. Le ha crecido el pelo. Guapa. Feliz (pero no sé si lo sabe). Nos hemos puesto directamente a hablar en los asientos giratorios que están algo apartados. De todo lo inmediato. Y entonces. Y entonces una joven espigada se ha acercado. Es Sofía. Ha crecido medio metro. Guapa. Feliz (no sé si lo sabe). Y me he echado a llorar. Porque en ese momento le hablaba a su madre de mierdas del sistema. De los huérfanos del sistema. De los descarriados del sistema. De los excluidos del sistema. De los verdugos del sistema. De lo ciegos que estamos ante el resto. No nos enteramos de nada. Y los hay que se enteran menos todavía. Y la ignorancia hiere y daña. Y Sofía me ha recordado que crecemos y cambiamos y que el tiempo nos espiga. Así que me he echado a llorar. Haciendo pucheros, con el gesto torcido reprimiendo las lágrimas y sin poder articular palabras comprensibles. Hoy el sistema me pesa. El sistema de mi casa, de mi trabajo, de mi ciudad, de mi país, de mi mundo. No soy capaz de recordar la belleza ni el sentido. Había venido a trabajar y he llorado. Había venido a producir y estoy escribiendo una entrada en este blog que nadie lee. Había venido huyendo y he encontrado consuelo en unas lágrimas inesperadas. Me he puesto las gafas. Son las 9h y la biblioteca cierra. Fuera hace frío y llevo poco abrigo. "El tiempo es difícil de comprender y lo parcelamos". Dice Isa que hay otras maneras de aproximarse al tiempo. Que pase el tiempo y lo vea.

sábado, 30 de diciembre de 2023

Había descartado pasar por aquí y sin embargo

Había descartado pasar por aquí. Al menos por esta vez. Sin embargo aquí estoy. Una fuerza poderosa me ha invadido a pesar del deseo de meterme en la cama a seguir leyendo los dos libros que tengo a medias (Fortuna, de Hernán Díaz, y #SeAcabó, de mi admirada prima). Una fuerza que me ha poseído como una autómata y me ha hecho abrir mi cuaderno de hitos del año, leerlos, mirar las escasas fotos publicadas en Instagram en los últimos 12 meses y escribir "blogspot" en la barra de búsqueda.

Releo en mi IG un cita de Gómez de la Serna que acompaña unas jaras en flor que publiqué allá por mayo. "Siempre es hoy, nunca es mañana". Y sin embargo sabemos que hubo ayer y que hay olvido. Creo que es en estas palabras en las que reside la fuerza que me posee cada año alrededor del 31 de diciembre y me obliga a poner palabras con las que marcar, como en un plano, un lugar visitado, descubierto, conocido. Marcar 365 días.

Y es que el presente me inunda, su intensidad me ciega. Pero está incompleto. Lo veo claro ahora. No es nada sin el pasado que nos trae aquí ni sin el deseo del después. Así que se acaba este año, en el que me casé, me fui a Japón, aprendí hiragana y katakana, me lancé a la piscina de ser adjunta de Jefatura de estudios, escribí un artículo para la newsletter de Nouvelle Madrigalia, algunos post para Paisajes de Ventanilla, ninguno para este blog; el año en el que no colgué por pudor ninguna foto de mis viajes, en el que fui a San Sebastián con mis amigas, a Cudillero y Lanzarote con mi familia, a visitar a mi abuela y pasear por Madrid Río; el año en que leí Passion simple a orillas de una piscina en Burdeos, descendí a toda mecha la duna de Pilat, me despedí del verano con el último atardecer de mis vacaciones en una playa en las Landas. El año de Barbie, y las discusiones que generó con mis hijos, el año del beso no consentido de Rubiales a Jenni Hermoso, el año del 8M improvisado con Sonia y su amiga María. El año en el que en la peluquería me secaron el pelo con difusor y resultó que tenía una ligera onda que me hace sentir otra, salvaje y despeinada. El año en que cambiamos de banco. Porque resulta que se les puede traicionar y marcharse con otro. El año en que mis amigas construyen casas, estudian oposiciones con ahínco, sacan plazas, son felices. Superan dolor y pérdidas, enfrentan malas noticias sin derrumbarse y sosteniendo a sus seres queridos.

Este ha sido el año en el que Israel destruye Gaza. Y en noviembre me siento así. Me cae una bomba encima. Sacude el tablero de ajedrez y las fichas se mueven. No recuedo dónde iba cada una y la partida ya no tiene sentido. Pero los días siguen llegando ajenos al sentir de los mortales, marcando 24 horas. La rutina, la cotidianidad, lo conocido balizan el camino más allá de la niebla.

2024 llega y me lo imagino como lo ha dibujado Flavita Banana, con un 4 en forma de silla en el que poder sentarse a descansar. Más que nunca el próximo año está sembrado de incertidumbre. No me preocupa no saber ni dónde trabajaré, ni dónde iré de vacaciones, ni con quién. Espero que estas incertidumbres, llevaderas, convivan con las certezas que se disipen al levantar la niebla. Y que estas certezas, igual que la fuerza que me ha puesto a teclear, traigan consigo el impulso necesario para ir construyendo cada día con conciencia y con amor.

sábado, 3 de junio de 2023

Nos vemos en los tanatorios

Me disponía a echarme la siesta cuando me han avisado de que la cremación era en 45 minutos. Con la cabeza extenuada, mitad aquí mitad en la tierra de los sueños, me he lavado los sobacos y he llegado hasta el tanatorio. B. estaba guapisima. Una blusa blanca con pequeñas estampaciones azules otorgaba al lugar una energía luminosa y fresca. N., sin embargo, iba de negro. El féretro de J. estaba abierto. Tienen algo los cadáveres de irreal. Una perfección en el rostro que da ganas de rozarlos, de comprobar si la temperatura es templada y si la superficie firme. Abrazo a B. Le digo que está preciosa. Lo está. Abrazo a mi padre y a mi madre. La media de edad de los asistentes está en los 70, calculo. N., V. y yo la rebajamos. Solo un poco. Ambos pasamos de los 40.

Al entrar en la sala el maestro de ceremonias es pausado y sentido. Parece de verdad que hablara desde el corazón y nos insiste en que sintamos gratitud por haber compartido nuestras vidas con J. Nos alienta en el duelo y nos lee "Caminante no hay camino" de Machado. Mientras le escucho, Serrat hace los coros en mi cabeza. Luego N. nos ha agradecido estar ahí con ellos, y ha recordado el impacto que le produjeron en el instituto las coplas de Manrique a su padre. Se ha derrumbado con aquello de "cómo se viene la muerte tan callando".

Fuera oíamos música y alboroto. Y al salir había niños y gente joven sentada por el suelo y hablando. Ellos habían ocupado la sala que ahora abandonamos justo antes. Y son multitud, y los niños ríen y corren por el césped. He pensado que quizás se tratara de la historia que me habían contado el día anterior. Sí, la muerte de una persona de mi edad vencida por un cáncer largo que deja sin madre a una criatura de 2 años. Si es así, si es esa la tragedia que han festejado con música hace unos minutos, quizás esté L., mi amiga del alma, la que ayer me informaba de esto justo cuando le devolvía la llamada con la que había intentado felicitarme por mi cumpleaños.

Porque ayer cumplí 45. Un número redondo, que suma 9, que me sitúa en la mitad de una vida que deseo longeva y nonagenaria. Y ayer falleció J. Y también ella. He mirado a lo lejos en busca de L. y la he encontrado al otro extremo de la plaza protegiéndose del sol con una suave chaqueta de hilo sobre la cabeza. Es un lugar extraño para encontrarse. Y sin embargo es de los pocos lugares en los que un encuentro fortuito puede ocurrir en una sintonía parecida. Nos hemos abrazado y yo he sentido la luz que su presencia siempre genera.

Mi madre, cada vez que alguien muere, recita esos versos de Serrat (de nuevo él) que dicen "la vida y la muerte pegada a la boca". Ayer celebraba la vida rodeada de flores y gente a la que quiero y hoy celebramos la muerte, algunos con música y baile y otros con versos. Y mientras, mi padre me dice que quiere irse en silencio y sin dejar rastro, que no quiere ser testimonio del olvido, que no quiere que, como acaban de hacer para su madre, se acople una placa con su nombre a un nicho que contenga sus restos, nicho en el que permencerán 70 años más en un cementario que no visitamos. Y es que el alquiler de mi abuela, que falleció hace 10 años, había expirado. Los muertos también se mudan y parece no afectarles la nueva ley de la vivienda. El nuevo contrato de alquiler de mi abuela finalizará en 70 años. Yo ya no estaré aquí. Muy seguramente haya dado para entonces un paso más hacia el olvido, el que nos espera a la mayoría. Mientras tanto, podemos seguir bailando, disfrutando de la música, de los abrazos y de la poesía. Sin olvidar, quien quiera, la callada llegada de la muerte.

viernes, 30 de diciembre de 2022

Balance y tila

 A 24 horas del fin de año no preveo la posibilidad de que se dé un instante de silencio y distancia que me permita contemplar los últimos 12 meses como si de una proyeccion de diapositivas se tratara: pausada, íntima, nítida. Prevalece lo último, lo reciente. Y no me lo quito de encima. 

He revisado mi cuaderno, el de los hitos, en el que dibujo y coloreo los acontecimientos relevantes, aquellos solo míos y aquellos del resto. Y está vacío desde marzo.Y no recuerdo qué pasó. He garabateado lo evidente (el destino de vacaciones, la muerte de mi tío, mi 44 cumpleaños en Greven, Alemania) pero de lo demás, ni rastro. A lo mejor era solo ruido. A lo mejor, no importaba.

Y tengo el estómago revuelto, la respiración entrecortada y una tila doble con manzanilla junto al teclado. Y tengo insomnio. Y pesadez. Y desconcierto. Como una resaca tras una noche que no recuerdo con claridad en la que posiblemente hubo risas, y llantos, en la que se dijo lo que tocaba y lo que no se debía.

Los acontecimientos ocurren en un plano. El alza de los precios de la gasolina. La crisis energética. La invasión rusa de Ucrania. Pongamos que hablo de Madrid en un piano en Alemania. El infinito en un junco. Japonés elemental. Poeta en Nueva York. Louisa-May Alcott. Thoreau. La laguna Walden. El capitalismo salvaje. La ola de calor. 

Y en otro plano ocurren las emociones. Se impriman los recuerdos. Se siente el erizar de la piel . El frescor del agua de la piscina de Laura. La humedad de la niebla. La sangre que fluye. La soledad. La incomprensión. Otra vez la soledad. Otra vez la incomprensión. Y un estadio de rugby que jalea emocionado un ensayo. Y otra vez la soledad. Y el saberse conectada a una red de 5 personas que forman un hexágono y que se abraza, y sintoniza, y habla el mismo idioma, y es universo.

Y fluyen las lágrimas. Y se ansía un beso. Y alguien forma con sus manos un corazón que te lanza y te susurra que eres su prefe. Y te piden un masaje y te dicen "mamá bonita". Y digo "mami bonita". Y abrazo. Y río. Y lloro. Y no sé.

Y es otra vez 31 de diciembre y me siento cansada. Y sueño con el mar del día siguiente y con cogernos de las manos y reirnos. Y ver first dates. Y planear un viaje hexagonal a San Sebastián. Y escuchar dramas. Y acabar de ver The office. Y sentarnos en el sofa a descubrir una nueva serie. Y cocinar crumble de manzana y pera como si de una poción mágica que otorga escucha, paciencia y confianza se tratara. Más crumble, crujiente y templado amor. Ración doble. Y mañana más.

martes, 27 de septiembre de 2022

Compro libros

Con 27 días  de retraso tengo por fin los síntomas de septiembre. Ya saben, ese deseo, ajeno para muchos, de forrar los libros nuevos, rellenar el estuche y cumplir con todos los propósitos que prometen eliminar la culpa de los últimos meses y aventuran un futuro feliz de logros y mejorías. Así, me ha dado de golpe. Toda la sintomatología arrancó ayer lunes. Y hoy me encuentro inscrita en un curso on line que no había previsto, quemando tarjeta en las librerías y consultando las páginas de teatros y conciertos de manera compulsiva. Un arranque de energía y candidez. Nuevos propósitos. Pero sospecho que no es más que una llama chiquita que crepita en mitad del vendaval. Veremos los síntomas que mantengo el viernes.

martes, 27 de abril de 2021

La hora de la siesta

 Es la hora de la siesta. Es verano y hace calor. Y más en esta casa al sur de Italia, cerca de Nápoles. Todos duermen y no puede hacerse ruido. No hay tele, ni teléfonos ni se tiene permiso para salir a jugar al jardín. Hay que estar en casa y en silencio. Así que, imagínate, puede ser muy fácil aburrirse pasado un rato. Los hijos del pintor, María Luisa y Mariano, se aburren.

Están sobre un diván, que no es otra cosa que un sofá muy muy largo sin respaldo. Mariano lleva una careta sobre la cabeza. Está sin camiseta, medio tapado por una tela azul con enormes dibujos naranjas y dorados. A sus pies hay una muñeca tirada en el suelo.

A su lado María Luisa está tumbada. Lleva calcetines blancos y vestido blanco. El vestido es corto y deja las rodillas al aire. Lleva un grueso lazo rosa atado a la cintura. María Luisa está recostada sobre un enorme cojín rojo y se abanica la cara, los ojos cerrados, con un abanico que tiene dibujos japoneses de color rosa, negro y blanco. Un cerezo en flor, unos pájaros… quién sabe. Lo que está claro es que María Luisa mueve el abanico, flap, flap, para hacer llevadero el calor.

A lo mejor se oye a lo lejos el rumor de las olas. A lo mejor se oyen las chicharras. A lo mejor Mariano está jugando concentrado con lo que tiene entre las manos y que no podemos identificar y mientras juega va narrando su aventura. A lo mejor el silencio es prácticamente absoluto a excepción del abanico de María Luisa y de los pinceles de Fortuny. Fortuny es el pintor del cuadro. También es, como ya sabes, el padre de Mariano y Maria Luisa. Ha decidido retratar a sus hijos a la hora de la siesta, cuando más se aburren, en el salón japonés de su casa de verano.

Lo que más llama la atención de este cuadro, aunque parezca mentira, no son Mariano y María Luisa. No. Los ojos se me van, nada más ponerme frente a él, a los enormes cojines del diván y a la tela azul que cubre a medias a Mariano. Los cojines son de colores muy vivos, rojo y verde y combinan perfectamente con la tela azul. Otra cosa que me llama la atención es que este cuadro es rectangular, como el diván. Es largo, horizontal. Y la pared… cómo decir, parece un trozo de cielo salpicado con nubes, un lienzo a medio esbozar. Se ve una rama, unas mariposas. ¿Es aquello la curva de un camino?

Este cuadro es silencioso y caluroso. Te invita a recostarte junto a María Luisa y pedirle prestado el abanico. Me imagino la tela de los cojines muy suave. Me gustaría estar ahí y quedarme adormilada. Hay sitio para todos. Si quieres verlo, pásate por el Museo del Prado, en Madrid. El cuadro se llama “Los hijos del pintor en el salón japonés”.

(Sección "Arte con minúsucula" del podcast Paisajes de ventanilla)

domingo, 18 de abril de 2021

La edad de la reina de Inglaterra y el olvido

Esta semana, al entrar en mi case de 3º, un par de alumnos se abalanzaron sobre mí para preguntarme si sabía los años de la reina de Inglaterra. Dejaremos de lado la confianza de mis alumnos en que yo pudiera tener esa información a mano en mi cabeza. Respondí como en un reflejo (puesto que iba hablando con mi compañera) que tenía 94 años.

Me sorprendió la seguridad con la que di la respuesta. Parece ser que a uno de mis alumnos le satisfizo pero no al otro. No sé de qué estaban hablando. No se trataba de ponerme a prueba sino de resolver algún tipo de desacuerdo entre ellos. Consulté a google en el acto. Confirmó mi dato: la reina de Inglaterra, a fecha de hoy, tiene 94 años.

Esta misma semana ha sido el cumpleaños de mi abuela. 91 años. El lunes 12. Sin embargo, este dato requetesabido y requetecelebrado ha sido completamente ignorado por mi memoria. A la mañana siguiente, pasada la celebración, caí en la cuenta del despiste al ver las fotos de mi familia reunida la tarde anterior. No solo había ignorado el evento del día sino también el hecho de que mi familia se reuniría al aire libre para felicitar a la matriarca.

Soy toda olvido. No hay duda. Ha quedado demostrado. Lo extraño es que luego voy y recuerdo sin esfuerzo la edad de la reina de Inglaterra como si de la mía propia se tratara. Creo, de hecho, que hubiera dudado al dar la mía lo que no dudé con la de la reina. Y no me lo explico. Solo he visto un capítulo de The Crown. Y los royalties me la traen bastante al pairo. No entiendo cómo ese dato puede estar en mi cabeza y la misma cabeza olvidar el cumpleaños de mi abuela. O lo que he hablado con mis compañeros hace media hora. Tanto me da.

Y luego paseo por mi barrio de la infancia (he ido de visita postcumpleañera al mismo barrio) y me vienen a borbotones recuerdos y sensaciones. El mercado en el que me hice la cicatriz del dedo meñique, las monjitas donde acudía al practicante, la casa de mi amiga Ana, mi colegio al otro lado de la calle. Pero no recuerdo los temas que he estudiado en el último mes.

Empiezo a tener memoria de vieja. Ya sabes, esa memoria que olvida lo de ayer pero recuerda como si fuera hoy lo que pasó hace décadas. Hasta ahora creía que esa memoria me flojeaba. Ahora, me flojee o no, creo que es la única que sigue a flote.

 

domingo, 17 de enero de 2021

Lo excepcional

Últimamente (siento que la frecuencia se incrementa en los últimos meses) lo excepcional hace aparición con bastante facilidad. Una pandemia, algo que parecía insuperable para un par de generaciones, resulta que es ensombrecida por un temporal con nombre de personaje de tebeo feminizado: Filomena.

No recuerdo ya cómo era aquello de tener la agenda prevista durante meses, gracias a la ausencia previsible de hecatombe alguna. Ahora creo que todos vamos al día o que, a lo sumo, alargamos la vista una semana.

No puedo evitar preguntarme cómo serán las cosas cuando ya no haya pandemia ni temporales. Supongo que volveremos a las viejas costumbres y rellenaremos fines de semana a meses vista. Algunos auguran sexo desenfrenado por todas partes. Ya veremos.

Lo que me preocupa, por el momento, es que lo excepcional deje de sorprendernos y desaparezca. De la misma manera, me preocupa que tras la desaparición de la excepción caigamos en un aburrimiento depresivo, en una rutina destructiva, en un previsibilidad enloquecedora. 

Continuará.

jueves, 7 de enero de 2021

El año inolvidable

Un año inolvidable. Sin duda. Un año en el que, como en los grandes acontecimientos que nos golpean a todos a la vez o solo a algunos, recordaremos qué hacíamos y dónde con facilidad. Este año, entre otras cosas, nos han rodeado la muerte y el miedo. También la solidaridad y el compromiso. Este ha sido un año sin patrón preestablecido que se ha ido reinventando por etapas. Y estas etapas han dejado huella. 

Ya se ha acabado el año inolvidable. Pero más allá del último dígito, nada cambia. Así somos. Sentimos que hemos cruzado de alguna manera la línea de meta y que dejamos algo atrás. Aunque todo siga igual, necesitamos este hito.

Me impongo hacer resumen de los últimos 12 meses. Como cada año desde hace tiempo. Es un ejercicio sano, que me recoloca. Esta vez tengo pocas ganas, por eso quizás ando por aquí en enero, en lugar de diciembre. Y es que siento pudor. Porque este año, para mí, ha estado también lleno de regalos y parece que no pudiera ser. Sí, la muerte me ha rodeado más que nunca. Y el dolor de los demás es también mi dolor. Todo a la vez, lo bueno y lo malo, como en un cajón de sastre en el que hubiera hebras desechadas y botones magníficos.

Este ha sido el año de arrancar nuevos proyectos, de empezar a trabajar de otra cosa y descubrir que me encanta. Ha sido el año en el que mi familia se ha comprado un piso, y lo ha reformado, y nos hemos mudado. El año en el que me he cortado el pelo y me lo he vuelto a cortar. El año de los Durrell, Naruto, Bosch y Modern family, de las películas caseras y de Paisajes de ventanilla. El año en el que he escrito el capítulo de un libro que no sé si verá la luz. El año en el que he tocado fondo y he tirado para arriba. El año en el que he pasado 2 semanas en la playa con mis padres y una cuarentena en casa con mi familia. La cuarentena, por cierto, de las mejores experiencias de mis hijos. Ha sido el año de salir al campo más de lo que nunca hubiera imaginado. El año de frenar, de vaciar, de reducir al mínimo. Y de descubrir lo que hay cuando sacas tantas cosas de una vida. Hay tiempo, creatividad, paseos por el campo y termos que reconfortan a pesar del frío. 

Me duelen los frenazos en la vida de mis mayores. Porque en ellos no es una pausa. Les han sido arrebatados los espacios y las ilusiones para el resto de sus vidas. Porque un año, para ellos, es el resto de sus vidas. Este es mi dolor, desde el principio y el que se queda. Y será el suyo todavía durante mucho tiempo. No hay vacuna para eso.

Y mientras tanto, seguiremos avanzando entre lo imprevisible. Muchos desean el regreso de la normalidad sin darse cuenta de que la normalidad no es nada más que lo previsible. Creo que lo que quieren decir es que desean regresar a la ausencia de miedo, dejar de lado la precaución, volver a hacer planes sin pensar en aforos, grupos máximos o espacios al aire libre. Normalidad. No hay palabra más vacía.

Y ya está. El 31 de diciembre escribí mis deseos para el 2021 en un trozo de papel que se humedeció con la nieve. Lo quemé, junto con los de mis amigas del alma, en una hoguera que no prendía hasta que una de ellas hizo una tea con grasa de panceta. Estábamos en lo alto de un cerro, en las ruinas de un castro celta. Conjunción cósmica, preludio de bienes, señales de buen augurio por doquier. Un año inolvidable el que se marcha. Que el que viene nos sea próspero. Y que encajemos lo imprevisible, a pesar de que nos tire al suelo, antes de volvernos a levantar.

viernes, 16 de octubre de 2020

Un petirrojo

Un petirrojo panza arriba. Sobre la pila de sillas blancas del jardín. Junto a las matas de fresas, el orégano y otra planta que parece albahaca pero que no lo es. P. estaba regando las fresas, el orégano y la intrusa sin nombre. Le apetecía preparar un pesto. Me ha preguntado si aquello junto al orégano era albahaca. Él no lo sabía. Le he dicho que me parecía que no, que se lo preguntaría a mis amigas botánicas. Ha recordado que C. le había dicho que había una planta que parecía algo que no era y que había que tener cuidado. "¡Arranquémosla entonces, qué coño!". Demasiado tarde. C. se ha ido sin decirle a nadie cuál era la  planta farsante.

Ha sido en ese momento. No recuerdo qué ruido ha hecho P. Qué palabra ha emitido. Yo seguía escudriñando hojas, y seguíamos hablando de dónde podía trasplantar las nuevas fresas. Al girarme, algo en su gesto me ha llevado la mirada al asiento de la silla. Un petirrojo. Panza arriba. Con las patitas estiradas. Los ojos cerrados. Las alas plegadas. "Espero que no haya sido el gato". "No tiene mordeduras". "Le habrá llegado su momento".

Su momento le había llegado. "¿Quieres enterrarlo?" "¿Lo echamos al compost?" Ha inclinado la silla con cuidado y el pajarillo ha resbalado hasta el trozo de madera de lo que fue el respaldo de otra silla. De ahí, un tiento al montón de compost, otro tiento junto a la leña, hasta llegar finalmente hasta el murete, a la sombra de los lilos. Seguía panza arriba. Esta noche será quizás el manjar de algún animalillo carroñero.

El petirrojo es una avecilla hermosa. Tan pequeña, tan cantarina, tan deslumbrante. Como C. No era pequeña, pero sí algo cantarina y deslumbrante como el reflejo del sol sobre el agua. También era un corazón enorme, un regazo infinito, una conversadora infatigable y una pedagoga sin límite. Y era especialista en superar adversidades. Pero entre todas las adversidades, solo hay una que no se supera.


jueves, 13 de agosto de 2020

Perseidas

 

Dormiremos al raso.

Hexágono incompleto.

Bajo las Perseidas.

Cogidas de las manos volarán nuestros deseos

por el cielo.

Bólidos luminosos,

estrellas fugaces

lagrimas de San Lorenzo.

Y desearemos,

al contemplarlas,

restañar heridas,

anclar recuerdos,

amor,

sexo.

Y paz en el mundo.

 

Dormiremos al raso.

Nuestros vientres encenderán las hogueras que,

al caer la noche,

nos protegerán de las bestias.

Los astros iluminarán nuestros sueños y

volarán estrellas sobre nuestras cabezas.

Nos aferraremos a sus estelas para seguir soñando.

Viviendo.

Seguir.

domingo, 26 de julio de 2020

Un regalo de cumpleaños

Para Laura A., en su cumpleaños

Aquella noche brillaba la luna llena. No sé qué andábamos haciendo cuando sugeriste que nos acercáramos hasta la playa y bailáramos bajo la luna. Bailar siempre es una gran idea. Estábamos solas. Era nuestra última noche de festival. No recuerdo si había música de fondo, o si los conciertos ya habían acabado. No sé dónde estaban las demás. No sé si bailamos hasta caer rendidas. O si directamente nos tumbamos. Sobre la arena, entre las hierbas, miramos el cielo. Recuerdo el cielo oscuro. Recuerdo tu cara junto a la mía. Recuerdo sentirme libre por estar a tu lado. Aquel espacio, aquel momento, estaban dotados de una dimensión más. Esa dimensión no mesurable, difícil de hallar, que quizás siempre esté pero no siempre la sentimos. No tiene nombre. Y funciona como un eje, une eje alrededor del que se alinea todo lo demás. Y todo lo demás encaja. Y es como si el universo crujiera al hacer encajar las piezas. Como si fuera un instante de quietud. Como si el movimiento cesase. Como si todo estuviera en su sitio. A veces vuelvo allí. A sentir el silencio, la quietud y la fuerza que nacen al conectar, al dejarse llevar, al dejarse sorprender, al entregarse a la luna llena junto al mar. 


sábado, 20 de junio de 2020

La noche más corta

Se acaba la primavera. Mierda de primavera. Todas lo son. Está también, pero por motivos imprevistos. Los de siempre (el calor, la alergia, la pereza que siempre me da salir del letargo del invierno) no se han activado este año. Supongo que he de agradecérselo a la bendita lluvia, al frío de marzo y a los antihistamínicos. Y a cierto estado de alarma que prolongó forzosamente el letargo hasta que la pereza se esfumó por sí sola. Si esta ha sido una mierda lo ha sido por motivos diferentes. Básicamente, por ponerlo todo patas arriba. Por dentro y por fuera, y hacer saltar tantas cosas por los aires.

Ya es verano. La temporada nómada por excelencia. Cuanto mayor me hago, más me gusta el verano. Y ser nómada. Saber que las noches se irán haciendo más largas, dormir cada pocos días en un sitio diferente, vagar, no mirar el reloj y sentir el frescor del agua. 

Este verano será raro. Han empezado los reencuentros. A medias, porque solo nos vemos media cara. Y es extraño verse solo los ojos. Y ni esto cuando llevamos gafas de sol. Me gusta abrazar y sentir cerca los cuerpos de a los que quiero. Pensé que me adaptaría, pero no. A veces abrazo por la espalda, con la barbilla en el pecho. Rodeo los torsos de mis seres queridos y disfruto de esos segundos de calidez. El otro día paseé con una amiga que iba sin mascarilla. A la distancia adecuada, veía su cara completa, su boca moverse, su rostro expresivo y se me antojó fantástico y novedoso. 

Y sin embargo, parece que no hubiera pasado nada. Que nos hubiéramos levantado una mañana con la mascarilla sobre la mesilla. Y ya está. En todas las conversaciones surgen alusiones al confinamiento, a sus consecuencias. Ha pasado y sus huellas transcienden la memoria. Están instaladas en el cuerpo. No solo en los michelines. Están anidadas en nuevos propósitos, en descubrimientos, en constataciones, en penas. Y en alegrías. Todos llevamos a cuestas una nueva cicatriz, más o menos grande, por cada día pasado encerrados. Un nuevo tema de conversación, un lugar común al que acuden sin quererlo nuestras conversaciones.

Estrenamos nueva estación y el final de las clases. Y no hay las fiestas de todos los años, ni fuegos artificiales, ni noches ruidosas de las que huir. Sin embargo hoy, al caer la tarde, encenderemos velas frente al cielo enrojecido y prestaremos el oído al aire hasta escuchar el murmullo de la magia de esta noche más corta. Y el final del último día más largo.

martes, 2 de junio de 2020

42

Hoy cumplo 42. Años. Palos. Primaveras. Era viernes. Creo que llovía. Hoy la mañana se promete fresca. Las mañanas frescas y luminosas del mes de junio son embriagadoras. Por mí, podrían durar eternamente. 42 años. Saldré a desayunar con mis padres y los niños. Volveremos a casa a hacer deberes. Asaré alitas de pollo para ellos. Al caer la tarde, iremos a pasear y a cenar con mis padres, mi hermano y mi cuñada. Todos llevaremos mascarillas y no podremos vernos las sonrisas. El calor será amable. La alergia me dejará tranquila. El teléfono, sin embargo, pasará un día agitado.
Hoy ha llegado sin avisar. El estado de excepción de los últimos meses había desactivado todo tipo de festejos. La excepción había anulado también la posibilidad siquiera de mi cumpleaños. Así que de golpe estreno 42. Es un número bonito. Me gustan los pares. 4 es múltiplo de 2. Hoy es 2. Y estamos en dos cero dos cero.
Menudo año el que acaba. En mi vida lo he tenido más agitado. Y ya puedo decir que he pasado unos cuantos. Parece que cierta calma ha regresado. Aunque más que nunca camino por un cable, funambulista, disfrutando de las vistas y asustada por la altura. Qué misterio, este de la vida, que nos mantiene enganchados a pesar. A pesar de las alturas, los vértigos, los abismos. De saber que al otro lado, al final del cable, no hay nada. Pero es que podría volver a ser una mañana fresca y luminosa del mes de junio y con eso basta.

martes, 26 de mayo de 2020

De lo excepcional a lo habitual

Ya ha pasado ese momento en que lo que parecía imposible se hizo posible y ahora es habitual, y convierte en irreal e imposible lo que hasta hace poco era costumbre. Dicen que se tardan 7 días, o 21 o vete a saber, en adquirir un nuevo hábito. Pues ya se han multiplicado esos días por más de tres, así que el descoloque inicial que sucedió al 11 de marzo, día en que cerraron los colegios de la comunidad de Madrid, queda lejos. Al principio esos días eran una excepción, un estado nuevo, de alerta, donde todo estaba por construir. Sesenta días después no queda ni ápice de aquella sensación extraordinaria, mitad aventura, mitad tragedia. La nueva normalidad es esta, no la de volver a la terraza. La nueva normalidad es ser la profe de los hijos, la nueva ama de casa, la estudiante sin escritorio. Esta normalidad se transita desde una incertidumbre triple, la del mundo, la del trabajo, la de una misma.
La menté optó por estar de vacaciones. Las vacaciones siempre se acaban cuando lo de fuera se le mete a una por todos los resquicios. Y encima ha empezado el calor.

viernes, 24 de abril de 2020

La potencia y el acto

Es una evidencia, no voy a discutirlo. Pero no por ser evidente e indiscutible deja de resultarme sorprendente. A veces, vaya usted a saber por qué, hay evidencias, de estas que digo, que le saltan a una más a la vista, que se le hacen más evidentes si cabe.
En estos momentos de mi vida, cuando lo he puesto todo patas arriba, se me presenta sobre el resto de las cosas la evidencia de que los niños están por hacer y de que las cuarentonas estamos bastante hechas. Esto es así. No digo nada que no sepa nadie. Y lo que es evidente ahora me parece un lastre, una tragedia, un cubo con 42 litros de agua fría que me caen como los años que tengo cuando, ya lo he dicho, me siento una muchacha.
He decidido abandonar un camino y lanzarme a la maleza (no por estar otros caminos muy transitados se nos hacen más visibles a los que los iniciamos). A ver qué pesco. Y miro a mis hijos. Y veo en ellos la ilusión de las decisiones que todavía no han sido tomadas, que probablemente ni se conciban a estas alturas de sus vidas. Miles de horizontes y de tropiezos. Qué envidia. Yo, empapada y entre la maleza, miro mis horizontes inferiores en número. Y ese oponerse horizontes finitos e infinitos me pesa. Así es la vida.

lunes, 6 de abril de 2020

Hoy es el día en que regresan los amantes


Para Isabel C. G.

Hoy es el día en que regresan los amantes.
La nieve cruje bajo sus pies.
La lluvia derretirá la nieve.
La nieve.
Lienzo en blanco.
Cama mullida para un cadáver.
Juego visto y no visto que fue un sueño.
Promesa, anhelo, imposible.
Hoy es el día en que regresan los amantes
sin hacer ruido
haciéndolo saltar
todo
por los aires.
Y todo caerá en silencio.
De nuevo.
Regresarán los amantes
con los trajes de otro,
en mitad del sueño,
donde podemos abrazarnos
y recordar
el tacto
y el calor
y la pesadez de un corazón roto
mil y una veces.
La lluvia arrastrará lo que la nieve oculta,
convertirá
la tierra en barro
y hará florecer las semillas.
Las del sueño, las de la vida. Las de la esperanza.

sábado, 28 de marzo de 2020

Bien, bien, ¿y el cole?

Hoy cambio de tema. Radicalmente. Me dejo de lirismos para meterme en el barro. Y es que estoy hasta los cojones. Allá voy.

Me considero profe. Interina de secundaria en paro en estos momentos. Aparqué la tiza durante muchos años para colocarme en otro lugar del aula y ahora estoy de vuelta. Los que me conocen ya saben. Y también soy madre, de un chaval de 5º EP y de otro de 1º ESO. Añado, como últimos parámetros, que ambos están escolarizados en centros públicos madrileños y que su padre sigue trabajando y, por tanto, ausente de casa durante la jornada laboral.

Mis hijos, como supongo que otros muchos (quiero creer que la mayoría) son niños activos, inquietos, curiosos, críticos y poco dóciles. Sí, mis hijos no son de los que obedecen a la primera y reconozco, avergonzada, que reaccionan en muchas ocasiones antes al grito que a la insistencia. Les encanta estar en casa y montarse sus películas, jugar a juegos de mesa, al tenis de mesa y a los videojuegos. Y han entendido y aceptado que no se va al cole y que toca currar en casa.

¿Qué me tiene entonces hasta los cojones? El tan idealizado homeschooling. Así, sin quererlo ni beberlo. Me paso la mañana de un escritorio a otro, ayudándoles a planificar tareas, a establecer prioridades, a corregir ejercicios, a resolver problemas técnicos, a avisarles de que el descanso ha terminado, a perseguirles para que vuelvan a sentarse un rato más, a recordarles que todavía les queda esta asignatura o esta otra. Porque, ¿dónde están los profes? Ahí está el asunto. Desde el 11 de marzo, vamos para 3 semanas, la mayoría de profes de mis hijos, principalmente en secundaria, se han convertido en hacedores de listas asépticas. Ahí empiezan y ahí acaban.

Es decir, la mayoría de los docentes con los que estamos compartiendo esta etapa se están limitando a organizan una progresión, mandar unas actividades de verificación, enviar unos solucionarios y  verificar que el alumno en cuestión las realiza. Por supuesto, si tienen dudas el chaval puede escribirles. Y ellos contestan. Entonces, si están todos trabajando, profes y estudiantes, ¿por qué estoy tan cabreada?

Pues bien, lo que me escuece es que la mayoría de estos profes parecen haber olvidado la labor fundamental de un docente de la enseñanza obligatoria: acompañar en el descubrimiento, personalizar los contenidos, estimular la curiosidad. Me hago cargo de la dificultad de pasar de golpe y porrazo a la enseñanza a distancia. Me hago cargo de la precariedad de las herramientas oficiales puestas a su disposición. Me hago cargo del caos. Me hago cargo del volumen. Me hago cargo del no saber cómo ni qué. Me hago cargo de trabajar en casa, con tus hijos o dependientes a tu lado. Pero han pasado dos semanas. Y hecho en falta el atisbo de una voluntad de verse, de preguntarse qué tal, de mantener el grupo, de que el profe pueda seguir siendo un faro y un referente, no solo alguien que manda tareas.

Un zoom, un skype. Diez minutos al día. Sé que hay centros que siguen impartiendo sus clases según el horario, conectando a sus alumnos a aplicaciones como Zoom. No pido eso. Entiendo que las limitaciones técnicas y los diferentes contextos no lo permiten. Yo asumo con gusto que me toca acompañarles y ayudarles en la planificación de sus tareas, resolverles los problemas tecnológicos, animarles cuando están aburridos de rellenar hojas de sus cuadernos, escucharles cuando se cabrean con la situación. Explicarles lo que puedo. Avisarles de que el descanso se ha alargado demasiado. Sentarme de nuevo con ellos. Lo asumo. Lo hago con gusto y con entrega, sabiéndome afortunada porque me lo puedo permitir.

Pero pienso en esos otros hogares donde ningún adulto puede sentarse con ellos. Donde no han conseguido un par de portátiles extra, donde los hijos estén todavía más desmotivados que los míos. Donde los adultos no tengan paciencia, o competencia, o ganas de acompañar, resolver, estar. La situación es esta y hay que arrimar el hombro. Pero que esos profes que han olvidado lo del acompañamiento, la presencia, el grupo y la interacción en directo, lo recuerden. Saldremos ganando todos. Las familias, los docentes, y sobre todo los estudiantes.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Hoy brilla el sol

Hoy brilla el sol. Y se cumplen dos semanas desde el cierre de los colegios, para mí el día 1 de este confinamiento. Así que hoy es el decimoquinto día de esta nueva era. Ayer fui a hacer la compra. La mía y la de mis padres. Me costó salir de casa. Quién lo diría. Irremediablemente me pregunto si no estaré desarrollando cierta agorafobia y qué será, de ella y de mí, cuando esto pase. Me zambullo en el día a día sin ritmo, con pocos asideros. Y siento que en ocasiones naufrago. En otros momentos se da la magia del equilibrio, de que todo esté donde tiene que estar en el momento en que toca.  Y al rato todo vuelve a saltar por los aires en forma de caos inasible.
Hoy he salido a la terraza (privilegio) y me he sentado de espaldas al sol que calienta. Hablaba con mi amiga L. por teléfono. Amiga del alma. Esto quiere decir que alma y alma se entienden aunque no se vean. Y aunque no se hablen. Pero hablándose siempre todo es mucho mejor. Mejor que pretender leerse la mente. La lengua nos permite acercarnos, reconfortarnos y darnos calor. Así que ahí he estado, charlando, sintiendo el sol en la espalda y al otro lado del teléfono. Odio la primavera. Me duele profundamente su aparición. Pero hoy confieso que el sol me ha traído alegría, calor superficial y profundo e ilusión.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Estamos confinados

Estamos encerrados. Los que tenemos casa, cada uno en la suya. Mientras, nos bombardean por las mensajerías de nuestros teléfonos con memes desternillantes, otros de mal gusto, memes facilongos, sofisticados,inteligentes o belicosos. Con audios de vete a saber quién (estos ya no los oigo). Con certezas de tres al cuarto, teorías apocalípticas y verdades resilientes. Seguimos clase de zumba on line, quedamos con amigos por skype y agonizamos los deberes de los hijos, lo que tenemos hijos y estos deberes, con la plataforma administrativa de turno.
La vida se ha dado la vuelta. Confinamiento. Para unos la oportunidad de poner los armarios de su casa al día y de abordar las lecturas o series pendientes. Para otros, una prueba de fuego: soportar lo insoportable sin poder salir de casa mas que a comprar el pan. Para muchos, encajar una vida frenética, monda y lironda, en un cubículo donde las separaciones hasta ahora existentes para cada espacio se han venido abajo y coexiste la reunión de las 9h con el problema de porcentajes de tu hijo y la comida sin hacer.
En algunos momentos del día vuelvo a sentir aquella sensación de inicio de los veranos de mi infancia. Me iba al pueblo. Tres meses. Con la cabeza cargada de planes. Luego la inercia del día a día los iba desactivando uno por uno y cuando septiembre se aproximaba ya no quedaba ninguno vivo, pero empezaba a florecer la frustración de no haber aprovechado el tiempo. No haber cumplido el reto. No haber hecho nada.
Ya no me preocupa no hacer nada. Sé que no hacemos nada, ni siquiera cuando creemos que lo hacemos. Pero así estoy, con la visión de que los días acabarán siendo engullidos por un ritmo de desayuno, comida, cena, deberes y tareas domésticas todo ello salpicado por memes, que se disolverán las fronteras.
La semana pasada, justo la semana pasada, fui al teatro a ver Los días felices, de Samuel Beckett. Al salir de la sala subimos la calle Lavapiés llenando los pulmones profundamente, como si hubiéramos estado en apnea durante toda la obra. Sientiendo el aire en la cara como por primera vez en mucho tiempo. No corrimos, pero como si corriéramos. Nos acabábamos de deshacer de la angustia de Winni y Willy y era liberador. Una semana después estamos confinados. Y muchos se sentirán como Winni vaciando su bolso mientras puede, acompasando actividades absurdas según avanza el día, aferrándose a ellas como flotadores en las aguas heladas del ártico. A muchos se los tragará el vacío, el silencio y la soledad. Sacarán el cepillo del bolso, se pondrán el sombrero, y cantarán una canción antes de irse angustiados a la cama. Otros rellenarán huecos con libros, clases y citas virtuales. Otros se encontrarán con lugares desconocidos que albergan sus casas, sus cuerpos y sus cabezas. Otros conocerán a alguien. O mirarán a alguien de otro modo. Otros se reirán. A carcajadas. Otros no.
Y a la vuelta de los días, esto será pasado.