... y me aburrí. Profundamente y durante largo tiempo. Se nos ocurrió ir a ver El lobo de Wall Street, esa peli de Scorsesse en la que cuenta la ascensión y caída de Jordan Belfort, corredor de bolsa condenado por fraude en los 90.
Es frustrante pasar 3 horas sentado en una sala de cine y salir con la sensación de que no has visto nada nuevo, ni interesante, ni sugerente, ni enriquecedor, ni hermoso, ni siquiera feo. Me ha parecido banal, superflua, vacía e irrelevante. No se debe al calado moral del personaje, no. Se debe a lo que cuenta y cómo lo cuenta. Estoy de vuelta con el tema de los mercados de valores. No necesito que me hablen de nuevo del dinero invisible, inventado e irreal. Tampoco necesito que me expliquen una vez más lo que es la especulación. Y me da igual lo que la gente se meta por la nariz o cuáles sean sus preferencias sexuales. Porque, sinceramente, no veo que se vaya mucho más allá. No es una peli que construya un personaje y que nos invite a asistir a su evolución, sus dudas, sus decisiones. No, esta peli te coloca delante de la misma escena una y otra vez. En realidad, se trata de repetir desde distintos puntos de vista el discurso que da el personaje de Matthew McConaughey al principio. Después de él, se entra en un círculo de repetición que solo acaba con los créditos.
En fin, no me interesa el tema, no me ha interesado el enfoque y el resultado es, francamente, prescindible.
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domingo, 26 de enero de 2014
domingo, 16 de septiembre de 2012
5 cámaras rotas
Cisjordania. Una pequeña aldea palestina llamada Bil'in. El ejército judío llega y empieza a construir una barrera, arrebatándoles las tierras de cultivo a los agricultores del pueblo. Al otro lado de la barrera empiezan a construir edificios donde se asentarán judíos ortodoxos. Justo en ese momento Ehmad Burnat, campesino, se compra su primera cámara de vídeo al tiempo que nace su tercer hijo. Esa cámara de vídeo, y otras 4 más que le seguirán, serán el testigo del espontáneo movimiento de resistencia pacífica de Palestina en esa región. Este documental, ganador del premio al mejor director en el festival de Sundance de 2012, fue mi lectura de anoche. Así que me fui a la cama valorando como nunca la paz.Estos últimos años he pasado de saber que entre todos hacíamos la fuerza a dudarlo. Sí, lo dudo. Dudo que alguna vez se haga justicia con el pueblo palestino. Dudo que alguna vez esta crisis que está desahuciando nuestro pequeño estado de bienestar se de la vuelta. Dudo, francamente, que el poder logre ser justo, que el poder llegue a ser honesto, que el poder no caiga del lado de la avaricia. Esto es lo que creo.
Sin embargo, ver a noche este documental, su pequeña victoria y el elevadísimo e injustificable precio por ella, me recordaron que el desánimo no tiene cabida en la lucha por la justicia. Que hay que seguir insistiendo, aunque se trate de tirar abajo un muro de hormigón con una cucharita de postre. Hay que seguir, sin parar, sin parar. Seguir.
miércoles, 2 de marzo de 2011
Instantes de certeza
A veces me encuentro con momentos inesperados, pequeños ascensores que me elevan fuera del tiempo y lejos de donde parece que un segundo antes estuviera. El ascensor me lanza, normalmente de cabeza, a una certeza que golpea mi corazón y mi alma. Me estremezco de alegría abandonándome brevemente hasta que un voz me dice: "es esto, adelante". Y entonces sé que es ese, que ese es el camino. Pero el ascensor baja entonces de golpe y de nuevo me encuentro donde estaba, donde estoy. Ha sido un solo de batería el que me hizo creer que la percusión era mi camino; una invención de Bach, que lo era el piano; una obra de teatro, que debía probar con la interpretación; un concierto, que seguro que sería la canción; una conversación, que por qué no probar con subir montañas. Y un atardecer en París, que de lo que se trataba era de ser artista. Y sí, de eso se trata, de ser artista, aunque sea sin voz. O como decían Kindergarten en una canción de hace ya muchos años, "quiero hacer de mi vida una obra de arte".
No sé si algún día encontraré de verdad esa vocación que durante un tiempo busqué con ahínco. Por el momento disfruto de la intensidad de estas pequeñas revelaciones que me hacen trascender en toda la significación del término y con las que tantas vidas en potencia inicio. Acaba de tratarse, esta vez, de Rythm is it!, maravilloso documental sobre la fuerza del arte para transformar la vida, la de uno y la de muchos. Porque el arte se necesita como el aire, y si no se respira, la vida acaba. Así que me he agarrado a la emoción que este documental me ha producido y me voy a la cama con el regusto del que hubiera estrenado exitosamente su primera coreografía con la orquesta filarmónica de Berlín, y con ello, hecho mejor la vida de tantos. Yo también he estado en ese escenario.
No sé si algún día encontraré de verdad esa vocación que durante un tiempo busqué con ahínco. Por el momento disfruto de la intensidad de estas pequeñas revelaciones que me hacen trascender en toda la significación del término y con las que tantas vidas en potencia inicio. Acaba de tratarse, esta vez, de Rythm is it!, maravilloso documental sobre la fuerza del arte para transformar la vida, la de uno y la de muchos. Porque el arte se necesita como el aire, y si no se respira, la vida acaba. Así que me he agarrado a la emoción que este documental me ha producido y me voy a la cama con el regusto del que hubiera estrenado exitosamente su primera coreografía con la orquesta filarmónica de Berlín, y con ello, hecho mejor la vida de tantos. Yo también he estado en ese escenario.
viernes, 31 de diciembre de 2010
Océanos
Estos dos últimos días he visto el documental Océanos a trozos. Me ha impresionado la belleza de las imágenes y los sonidos del fondo del mar. Han dejado tal poso en mí que me he ido a la cama en ambas ocasiones con la cabeza llena de delfines y la mirada azul. Y con el deseo de hacerme eco del mensaje del documental: proteger el planeta. No hay peros, no hay excusas, no puede retrasarse más. Hay que implicarse.
El otro día escuchaba en la radio que había un debate entre algunos científicos (creo que dentro de los que estudian a los simios) que intenta dilucidar si el hombre es un ser inteligente o no. ¿Por qué no? Pues porque a diferencia del resto de mamíferos, creo que decían, el hombre no sabe conservar el entorno en el que vive. Y eso, evidentemente, resulta muy poco inteligente.
Hace años, en plena adolescencia, cuando pensaba en cuál era el sentido de la vida, me divertía la idea de creer que eran todos los otros seres vivos de planeta los más evolucionados e inteligentes del mundo porque ellos habían encontrado el sentido de la vida y la desarrollaban en armonía, con idéntica pasión generación tras generación. Mientras nosotros, la especie subdesarrollada pendiente de alcanzar el estado perpetuo de equilibrio, lucha en guerras por el absurdo interés de otros, hiere, destroza, se aburre...
Quizás haya algo de cierto en esto. La especie humana no ha sabido crecer de forma equilibrada y armoniosa. Pretende alcanzar el infinito sin darse cuenta de que el infinito es inalcanzable y, además, mata. Y seguimos, seguimos, repitiendo un error tras otro. Mientras tanto, y mientras los dejamos, los otros seres vivos, se implican en la sencillez y autenticidad de su tarea. Hasta que los listos la fastidiemos del todo.
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