domingo, 17 de enero de 2021

Lo excepcional

Últimamente (siento que la frecuencia se incrementa en los últimos meses) lo excepcional hace aparición con bastante facilidad. Una pandemia, algo que parecía insuperable para un par de generaciones, resulta que es ensombrecida por un temporal con nombre de personaje de tebeo feminizado: Filomena.

No recuerdo ya cómo era aquello de tener la agenda prevista durante meses, gracias a la ausencia previsible de hecatombe alguna. Ahora creo que todos vamos al día o que, a lo sumo, alargamos la vista una semana.

No puedo evitar preguntarme cómo serán las cosas cuando ya no haya pandemia ni temporales. Supongo que volveremos a las viejas costumbres y rellenaremos fines de semana a meses vista. Algunos auguran sexo desenfrenado por todas partes. Ya veremos.

Lo que me preocupa, por el momento, es que lo excepcional deje de sorprendernos y desaparezca. De la misma manera, me preocupa que tras la desaparición de la excepción caigamos en un aburrimiento depresivo, en una rutina destructiva, en un previsibilidad enloquecedora. 

Continuará.

jueves, 7 de enero de 2021

El año inolvidable

Un año inolvidable. Sin duda. Un año en el que, como en los grandes acontecimientos que nos golpean a todos a la vez o solo a algunos, recordaremos qué hacíamos y dónde con facilidad. Este año, entre otras cosas, nos han rodeado la muerte y el miedo. También la solidaridad y el compromiso. Este ha sido un año sin patrón preestablecido que se ha ido reinventando por etapas. Y estas etapas han dejado huella. 

Ya se ha acabado el año inolvidable. Pero más allá del último dígito, nada cambia. Así somos. Sentimos que hemos cruzado de alguna manera la línea de meta y que dejamos algo atrás. Aunque todo siga igual, necesitamos este hito.

Me impongo hacer resumen de los últimos 12 meses. Como cada año desde hace tiempo. Es un ejercicio sano, que me recoloca. Esta vez tengo pocas ganas, por eso quizás ando por aquí en enero, en lugar de diciembre. Y es que siento pudor. Porque este año, para mí, ha estado también lleno de regalos y parece que no pudiera ser. Sí, la muerte me ha rodeado más que nunca. Y el dolor de los demás es también mi dolor. Todo a la vez, lo bueno y lo malo, como en un cajón de sastre en el que hubiera hebras desechadas y botones magníficos.

Este ha sido el año de arrancar nuevos proyectos, de empezar a trabajar de otra cosa y descubrir que me encanta. Ha sido el año en el que mi familia se ha comprado un piso, y lo ha reformado, y nos hemos mudado. El año en el que me he cortado el pelo y me lo he vuelto a cortar. El año de los Durrell, Naruto, Bosch y Modern family, de las películas caseras y de Paisajes de ventanilla. El año en el que he escrito el capítulo de un libro que no sé si verá la luz. El año en el que he tocado fondo y he tirado para arriba. El año en el que he pasado 2 semanas en la playa con mis padres y una cuarentena en casa con mi familia. La cuarentena, por cierto, de las mejores experiencias de mis hijos. Ha sido el año de salir al campo más de lo que nunca hubiera imaginado. El año de frenar, de vaciar, de reducir al mínimo. Y de descubrir lo que hay cuando sacas tantas cosas de una vida. Hay tiempo, creatividad, paseos por el campo y termos que reconfortan a pesar del frío. 

Me duelen los frenazos en la vida de mis mayores. Porque en ellos no es una pausa. Les han sido arrebatados los espacios y las ilusiones para el resto de sus vidas. Porque un año, para ellos, es el resto de sus vidas. Este es mi dolor, desde el principio y el que se queda. Y será el suyo todavía durante mucho tiempo. No hay vacuna para eso.

Y mientras tanto, seguiremos avanzando entre lo imprevisible. Muchos desean el regreso de la normalidad sin darse cuenta de que la normalidad no es nada más que lo previsible. Creo que lo que quieren decir es que desean regresar a la ausencia de miedo, dejar de lado la precaución, volver a hacer planes sin pensar en aforos, grupos máximos o espacios al aire libre. Normalidad. No hay palabra más vacía.

Y ya está. El 31 de diciembre escribí mis deseos para el 2021 en un trozo de papel que se humedeció con la nieve. Lo quemé, junto con los de mis amigas del alma, en una hoguera que no prendía hasta que una de ellas hizo una tea con grasa de panceta. Estábamos en lo alto de un cerro, en las ruinas de un castro celta. Conjunción cósmica, preludio de bienes, señales de buen augurio por doquier. Un año inolvidable el que se marcha. Que el que viene nos sea próspero. Y que encajemos lo imprevisible, a pesar de que nos tire al suelo, antes de volvernos a levantar.

viernes, 16 de octubre de 2020

Un petirrojo

Un petirrojo panza arriba. Sobre la pila de sillas blancas del jardín. Junto a las matas de fresas, el orégano y otra planta que parece albahaca pero que no lo es. P. estaba regando las fresas, el orégano y la intrusa sin nombre. Le apetecía preparar un pesto. Me ha preguntado si aquello junto al orégano era albahaca. Él no lo sabía. Le he dicho que me parecía que no, que se lo preguntaría a mis amigas botánicas. Ha recordado que C. le había dicho que había una planta que parecía algo que no era y que había que tener cuidado. "¡Arranquémosla entonces, qué coño!". Demasiado tarde. C. se ha ido sin decirle a nadie cuál era la  planta farsante.

Ha sido en ese momento. No recuerdo qué ruido ha hecho P. Qué palabra ha emitido. Yo seguía escudriñando hojas, y seguíamos hablando de dónde podía trasplantar las nuevas fresas. Al girarme, algo en su gesto me ha llevado la mirada al asiento de la silla. Un petirrojo. Panza arriba. Con las patitas estiradas. Los ojos cerrados. Las alas plegadas. "Espero que no haya sido el gato". "No tiene mordeduras". "Le habrá llegado su momento".

Su momento le había llegado. "¿Quieres enterrarlo?" "¿Lo echamos al compost?" Ha inclinado la silla con cuidado y el pajarillo ha resbalado hasta el trozo de madera de lo que fue el respaldo de otra silla. De ahí, un tiento al montón de compost, otro tiento junto a la leña, hasta llegar finalmente hasta el murete, a la sombra de los lilos. Seguía panza arriba. Esta noche será quizás el manjar de algún animalillo carroñero.

El petirrojo es una avecilla hermosa. Tan pequeña, tan cantarina, tan deslumbrante. Como C. No era pequeña, pero sí algo cantarina y deslumbrante como el reflejo del sol sobre el agua. También era un corazón enorme, un regazo infinito, una conversadora infatigable y una pedagoga sin límite. Y era especialista en superar adversidades. Pero entre todas las adversidades, solo hay una que no se supera.


jueves, 13 de agosto de 2020

Perseidas

 

Dormiremos al raso.

Hexágono incompleto.

Bajo las Perseidas.

Cogidas de las manos volarán nuestros deseos

por el cielo.

Bólidos luminosos,

estrellas fugaces

lagrimas de San Lorenzo.

Y desearemos,

al contemplarlas,

restañar heridas,

anclar recuerdos,

amor,

sexo.

Y paz en el mundo.

 

Dormiremos al raso.

Nuestros vientres encenderán las hogueras que,

al caer la noche,

nos protegerán de las bestias.

Los astros iluminarán nuestros sueños y

volarán estrellas sobre nuestras cabezas.

Nos aferraremos a sus estelas para seguir soñando.

Viviendo.

Seguir.

domingo, 26 de julio de 2020

Un regalo de cumpleaños

Para Laura A., en su cumpleaños

Aquella noche brillaba la luna llena. No sé qué andábamos haciendo cuando sugeriste que nos acercáramos hasta la playa y bailáramos bajo la luna. Bailar siempre es una gran idea. Estábamos solas. Era nuestra última noche de festival. No recuerdo si había música de fondo, o si los conciertos ya habían acabado. No sé dónde estaban las demás. No sé si bailamos hasta caer rendidas. O si directamente nos tumbamos. Sobre la arena, entre las hierbas, miramos el cielo. Recuerdo el cielo oscuro. Recuerdo tu cara junto a la mía. Recuerdo sentirme libre por estar a tu lado. Aquel espacio, aquel momento, estaban dotados de una dimensión más. Esa dimensión no mesurable, difícil de hallar, que quizás siempre esté pero no siempre la sentimos. No tiene nombre. Y funciona como un eje, une eje alrededor del que se alinea todo lo demás. Y todo lo demás encaja. Y es como si el universo crujiera al hacer encajar las piezas. Como si fuera un instante de quietud. Como si el movimiento cesase. Como si todo estuviera en su sitio. A veces vuelvo allí. A sentir el silencio, la quietud y la fuerza que nacen al conectar, al dejarse llevar, al dejarse sorprender, al entregarse a la luna llena junto al mar. 


sábado, 20 de junio de 2020

La noche más corta

Se acaba la primavera. Mierda de primavera. Todas lo son. Está también, pero por motivos imprevistos. Los de siempre (el calor, la alergia, la pereza que siempre me da salir del letargo del invierno) no se han activado este año. Supongo que he de agradecérselo a la bendita lluvia, al frío de marzo y a los antihistamínicos. Y a cierto estado de alarma que prolongó forzosamente el letargo hasta que la pereza se esfumó por sí sola. Si esta ha sido una mierda lo ha sido por motivos diferentes. Básicamente, por ponerlo todo patas arriba. Por dentro y por fuera, y hacer saltar tantas cosas por los aires.

Ya es verano. La temporada nómada por excelencia. Cuanto mayor me hago, más me gusta el verano. Y ser nómada. Saber que las noches se irán haciendo más largas, dormir cada pocos días en un sitio diferente, vagar, no mirar el reloj y sentir el frescor del agua. 

Este verano será raro. Han empezado los reencuentros. A medias, porque solo nos vemos media cara. Y es extraño verse solo los ojos. Y ni esto cuando llevamos gafas de sol. Me gusta abrazar y sentir cerca los cuerpos de a los que quiero. Pensé que me adaptaría, pero no. A veces abrazo por la espalda, con la barbilla en el pecho. Rodeo los torsos de mis seres queridos y disfruto de esos segundos de calidez. El otro día paseé con una amiga que iba sin mascarilla. A la distancia adecuada, veía su cara completa, su boca moverse, su rostro expresivo y se me antojó fantástico y novedoso. 

Y sin embargo, parece que no hubiera pasado nada. Que nos hubiéramos levantado una mañana con la mascarilla sobre la mesilla. Y ya está. En todas las conversaciones surgen alusiones al confinamiento, a sus consecuencias. Ha pasado y sus huellas transcienden la memoria. Están instaladas en el cuerpo. No solo en los michelines. Están anidadas en nuevos propósitos, en descubrimientos, en constataciones, en penas. Y en alegrías. Todos llevamos a cuestas una nueva cicatriz, más o menos grande, por cada día pasado encerrados. Un nuevo tema de conversación, un lugar común al que acuden sin quererlo nuestras conversaciones.

Estrenamos nueva estación y el final de las clases. Y no hay las fiestas de todos los años, ni fuegos artificiales, ni noches ruidosas de las que huir. Sin embargo hoy, al caer la tarde, encenderemos velas frente al cielo enrojecido y prestaremos el oído al aire hasta escuchar el murmullo de la magia de esta noche más corta. Y el final del último día más largo.

martes, 2 de junio de 2020

42

Hoy cumplo 42. Años. Palos. Primaveras. Era viernes. Creo que llovía. Hoy la mañana se promete fresca. Las mañanas frescas y luminosas del mes de junio son embriagadoras. Por mí, podrían durar eternamente. 42 años. Saldré a desayunar con mis padres y los niños. Volveremos a casa a hacer deberes. Asaré alitas de pollo para ellos. Al caer la tarde, iremos a pasear y a cenar con mis padres, mi hermano y mi cuñada. Todos llevaremos mascarillas y no podremos vernos las sonrisas. El calor será amable. La alergia me dejará tranquila. El teléfono, sin embargo, pasará un día agitado.
Hoy ha llegado sin avisar. El estado de excepción de los últimos meses había desactivado todo tipo de festejos. La excepción había anulado también la posibilidad siquiera de mi cumpleaños. Así que de golpe estreno 42. Es un número bonito. Me gustan los pares. 4 es múltiplo de 2. Hoy es 2. Y estamos en dos cero dos cero.
Menudo año el que acaba. En mi vida lo he tenido más agitado. Y ya puedo decir que he pasado unos cuantos. Parece que cierta calma ha regresado. Aunque más que nunca camino por un cable, funambulista, disfrutando de las vistas y asustada por la altura. Qué misterio, este de la vida, que nos mantiene enganchados a pesar. A pesar de las alturas, los vértigos, los abismos. De saber que al otro lado, al final del cable, no hay nada. Pero es que podría volver a ser una mañana fresca y luminosa del mes de junio y con eso basta.