domingo, 13 de marzo de 2011

el Guernica


Ayer fuimos a ver cuadros de Miró al Reina Sofía. A Leo le habían enseñado algunos en el cole y no paraba de hablar de ello. Pero en el camino hacia Miró nos encontramos con el Guernica. Me acerqué al cuadro con él en brazos. Nos pusimos en la esquina izquierda, bordeando al grupo de gente que siempre está delante y que parece no disminuir. Leo miró y dijo: "Mami, ¿qué ha pasado?" Me emocionó que percibiera que ese cuadro nos estaba diciendo algo, que entendiera la intención de Picasso: recordar siempre la desgracia del terror. Le dije que habían tirado bombas que habían destrozado las casas y que la gente y los animales estaban tristes. Quizás le diera demasiada información. O simplemente percibió a la perfección la tragedia de la muerte y de la guerra. Porque desde ayer no para de hablar de las bombas que "dan tristeza". Y me pregunta si aquí va a haber guerra. Le digo que no, que su papá y yo vamos a cuidar de él y que aquí hay paz. Que esas bombas cayeron hace mucho tiempo y que ahora, en Guernica, ya no hay ruinas y los niños montan en bici por la calle.

Fue un momento mágico e intenso. El Guernica no deja impasible a nadie. Y la prueba está en la reacción de mi hijo de 3 años. Ayer, al ver el cuadro una vez más sentí como nunca la genialidad de Picasso. Genial porque supo captar la trascendencia del momento y transformarla en algo eterno y tremendamente expresivo. A traves de su cuadro el dolor y la desesperanza toman cuerpo y cobran sentido, si es que el dolor puede tener más sentido que el de recordarnos que hay que evitarlo a toda costa. Pero así es: de la forma más bella el dolor y la injusticia se encarnan, como para dejar testimonio de lo que ocurrió y nunca más volvería a suceder. Y ojalá fuera así. Ojalá la fealdad del mundo se grabara en el lienzo sin dejar huella en la vida, a la manera del retrato de Dorian Gray. Creo que el alma es un precio que pagaríamos muchos si con ello el dolor de la guerra se redujera a la presencia hermosa de un lienzo.

domingo, 6 de marzo de 2011

Yes is more


Ha caído en mis manos un libro curioso. Se trata de Yes is more, un "arquicómic" sobre arquitectura, o dicho de una forma más transparente (el palabro "arquicómic" huele tremendamente a idea del departamento de márquetin de TASCHEN), un tratado de arquitectura en forma de cómic. En este tratado el colectivo BIG, afincado en Dinamarca, elabora una brevísima historia de la arquitectura moderna, desde Mies van de Rohe hasta la actualidad, a continuación de la cual presenta de forma extensa la génesis de los proyectos más representativos de este estudio danés. Génesis, fundamentos y objetivos. Y esto es lo que me resulta maravilloso del libro.

Mi conocimiento de arquitetura es muy escaso y creo que por eso me está resultando tan iluminador. Cada proyecto está presentado con claridad y sencillez pedagógica. La construcción va tomando forma en cada viñeta y al final de cada proyecto parece que hubieras estado enBIG desde el inicio en la creación de esa obra arquitectónica. Entiendes por qué han decidido darle la altura, forma o color que le han dado, así que el edificio se cubre de sentido como ningún otro edificio lo había tenido antes. Contado a posteriori, todos las soluciones propuestas para cada uno de los retos que los clientes les han presentado parecen tan evidentes, tan perfectas, tan únicas. No podrían haberse resuelto de otro modo y, sin embargo, sorprenden en cada página.

De pequeña lo que más me gustaba dibujar era casas en las que siempre se veían escenas de la vida cotidiana a través de las ventanas. Me encantaba sentir que podía ver a través de esas ventanas porque era una forma de inventarme otras vidas y de sentirlas cerca. Y ahora, con este libro, siento de nuevo la calidez de vivir varias vidas simplemente por poder mirar a través de muchas ventanas. Además de esto me han entrado unas ganas locas de volver a Copenague.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Instantes de certeza

A veces me encuentro con momentos inesperados, pequeños ascensores que me elevan fuera del tiempo y lejos de donde parece que un segundo antes estuviera. El ascensor me lanza, normalmente de cabeza, a una certeza que golpea mi corazón y mi alma. Me estremezco de alegría abandonándome brevemente hasta que un voz me dice: "es esto, adelante". Y entonces sé que es ese, que ese es el camino. Pero el ascensor baja entonces de golpe y de nuevo me encuentro donde estaba, donde estoy. Ha sido un solo de batería el que me hizo creer que la percusión era mi camino; una invención de Bach, que lo era el piano; una obra de teatro, que debía probar con la interpretación; un concierto, que seguro que sería la canción; una conversación, que por qué no probar con subir montañas. Y un atardecer en París, que de lo que se trataba era de ser artista. Y sí, de eso se trata, de ser artista, aunque sea sin voz. O como decían Kindergarten en una canción de hace ya muchos años, "quiero hacer de mi vida una obra de arte".
No sé si algún día encontraré de verdad esa vocación que durante un tiempo busqué con ahínco. Por el momento disfruto de la intensidad de estas pequeñas revelaciones que me hacen trascender en toda la significación del término y con las que tantas vidas en potencia inicio. Acaba de tratarse, esta vez, de Rythm is it!, maravilloso documental sobre la fuerza del arte para transformar la vida, la de uno y la de muchos. Porque el arte se necesita como el aire, y si no se respira, la vida acaba. Así que me he agarrado a la emoción que este documental me ha producido y me voy a la cama con el regusto del que hubiera estrenado exitosamente su primera coreografía con la orquesta filarmónica de Berlín, y con ello, hecho mejor la vida de tantos. Yo también he estado en ese escenario.