jueves, 30 de septiembre de 2010

Y llegó el dia

Ya esta aquí. Esto se ha acabado. Mañana el despertador sonara a las 6 y a las 7 ya estaré de camino al trabajo. Espero no equivocarme de itinerario (han sido tantos meses), y llegar la primera. Desplegare las galletas de chocolate a la vista, no tanto para endulzarles el momento de mi llegada a mis compañeros sino para recordarme a mi misma que tengo otra vida en los fogones, entre papeles, en el parque y en la cabeza. Estoy bastante tranquila. No siento necesidad de revelarme contra mi destino. Acepto que vuelvo a trabajar sin demasiados traumas. Si con temores, porque todavía recuerdo en que puede convertirse un trabajo. Pero confieso un mínimo de ilusión por conocer los cambios y formar parte de ellos.
Y fuera del trabajo, sigo teniendo el trabajo de construir mi camino coherente y flexible cuyo itinerario intuyo pero desconozco.
Alea jacta est. Y mañana por la tarde, me seguirá esperando el parque, con la moto ruidosa de Leo y el ansia exploradora de Bruno. Y volverá a ser viernes. Y volverá a haber pizza. Y quien sabe que otras cosas volverán. Y que otras cosas no lo harán. De momento, me resisto a sucumbir ante la nostalgia, la melancolía y la certeza de que podría haber aprovechado mas estos meses. Han sido los que han sido. Y lo que viene, esta por decidir. La pelota, de nuevo, en mi tejado. Que la fuerza este conmigo.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Trabajos

Este verano ha sido menos prolijo en lo que a scrap se refiere de lo que esperaba. Sin embargo, he hecho al menos media docena de tarjetas y minis para regalar. Pero, ni una miserable foto. Hechos estan, aunque sin huella.

Abuela Marce

Mi madre acaba de decirme que mi abuela Marce está ingresada en la Concepción. Lleva varios días con oxígeno porque su nivel en sangre es pobre. Parece ser que todo lo ha causado una infección de orina. Así que ahí está, en urgencias. Mi tía Gloria recibió el aviso esta mañana y se fue para allá.

Yo llevo meses sin verla, quizás desde abril, o mayo, no recuerdo. No he ido a visitarla a la residencia desde hace más de un año. Que si Leo era pequeño y no lo podíamos meter allí, que si luego estaba embarazada y había gripe A, que si cómo me voy a ir con los dos niños… Excusas, siempre excusas. Y mi padre, no sé bajo qué interés, siempre poniendo pegas a que le acompañara.

Y ahora siento que se acerca el momento en el que tengo que despedirme de mi abuela, y no sé que decirle. Y sé que tampoco le va a importar mucho lo que le diga porque no se va a enterar. No va a saber ni quién soy y, aunque lo sepa, se le habrá olvidado al minuto. Pero yo sí que necesito despedirme de ella. Necesito saber lo que le diría. Porque no lo sé. Llevo mucho tiempo sintiendo el hueco que su ausencia provocaría. Hace mucho ya que la realidad es que la abuela no está con nosotros. Ha engordado, ya no lleva el pelo impoluto como antes y sus ojos miran casi perpetuamente un punto perdido en el horizonte. Y sin embargo todavía está aquí, todavía respira, todavía habla, todavía oye, todavía come.

Abuela, gracias por haber traído a mi padre al mundo. Sí, eso te lo quiero decir. Abuela, gracias por haberme hecho rosquillas y barquillos y croquetas. Abuela, gracias por traernos a mi hermano y a mí lenguas de gato cada vez que venías a visitarnos. Gracias por habernos querido y habernos cuidado. Mi querida abuelita… siento mucho que hayas sufrido tanto en la vida, que nunca nada te haya bastado y que nunca te hayas recuperado de la muerte de tu marido. Siento que hayas llorado tanto por no sentirte querida ni tratada con justicia o porque las vidas de tus hijos no hayan sido las que tú querías. Yo recuerdo tu risa a carcajadas, tus canciones, tus manos apretando las mías con todo el amor del mundo, las tirantes coletas que me peinabas y los churros que venían en aquel junco verde y que comíamos en tu casa. Ya ves, también yo voy creciendo y haciendo mi historia y acumulando mi pasado. Un pasado más dulce y fácil que el tuyo, sin duda, pero también irrepetible.

Te imagino de niña yendo a recoger aceituna agarrada al rabo del burro para no perderte. Te imagino mirando por la puerta de tu vecino el farmacéutico el día que este apareció asesinado. Te imagino bailando en las fiestas del pueblo apenas una niña. Y huyendo a Madrid para que no te afeitaran la cabeza por ser hermana de quien eras. También te veo bajando por la Gran Vía de madrugada, de vuelta del trabajo en el guardarropía del Labra. Y te recuerdo friendo patatas en aquellas sartenes gigantes de la cafetería Manila. La entrada a la cocina estaba bajo el hueco de la escalera y había que tener cuidado con no darse en la cabeza.

En fin, que planea la muerte este día soleado y nos recuerda de nuevo que esto es un suspiro, un suspiro azaroso con el que muchos no sabemos qué hacer. Otros no pueden elegir. Abuelita, que me quedo con tus historias y tus besos. Deseo que no sufras y que tu alma esté en paz. Te quiero.

martes, 14 de septiembre de 2010

El fin de una era

Leo comienza hoy el cole. Y Bruno mañana hará lo mismo con la escuela infantil. Estos acontecimientos señalan que mi excedencia ha finalizado, aunque todavía esté decidiendo si voy a escribir un diario sobre mi experiencia o no. He tardado demasiado en decidirme y, de nuevo, el tiempo ha ido avanzando sin pedirme permiso hasta decidir por sí mismo.
Se acaba, con el comienzo de mis hijos, casi un año consagrada a mi familia: estar con ellos, preparar comidas ricas y disfrutar al máximo de la vida a otro ritmo. Casi un año sin ansiedad, sin prisas, sin frustraciones (pocas, pocas). Casi un año fácil y amable lleno de descubrimientos.
Y ahora tocará recuperar las cosas donde estaban antes de que llegara este bendito paréntesis. De nuevo ir al trabajo cada mañana y hacer que una hora valga por dos, coger el coche, luchar por sacar adelante proyectos en los que creo poco o nada, comer deprisa y mal en algún hueco y desear que la hora de ir a jugar al parque llegue lo antes posible.
Acaba una etapa, una etapa feliz. Espero que todo lo que he aprendido estos meses haga que lo que está por llegar sea pan comido. No puedo olvidar lo que he experimentado, la confianza en la vida que surge cuando crees al 100% en lo que haces y te entregas a ello.
Acaba una era. Que empiece otra.

domingo, 12 de septiembre de 2010

El mejor momento del día

Cuando Leo ya está acostado y en el proceso de dormirse, me gusta entrar en su habitación, sentarme en el borde de su minúscula camita y preguntarle qué tal está. Nos ponemos a hablar, me hace preguntas absurdas a las que intento responder con la mayor coherencia, o no. Y siempre me interroga: "¿Quieres dormir contigo?" a lo que yo siempre le respondo: "Pero solo un poquito". Me acurruco a su lado y nos acechamos a ver quién cierra antes los ojos. El otro día, después del ritual habitual, Leo insistía en que volviera a dormir un ratito más. Y me decía: "Mamá, mamá, otra dormida más". Quien puede resistirse a prolongar el mejor momento del día otro ratito.

Afortunada

Ayer fue 11-S. En Documentos TV echaron un documental suizo que muestra el abandono al que han sido condenados todos los trabajadores y voluntarios que estuvieron en la zona cero tras la catástrofe. El 60% de estos ha desarrollado al cabo de los años alguna enfermedad grave relacionada directamente con la exposición a elementos tóxicos durante sus largas jornadas de trabajo. Ninguno de ellos está recibiendo ayuda del estado, lo que, teniendo en cuenta que el estado de bienestar es inexistente en EE.UU., hace que su abandono sea todavía mayor: sin posibilidad de trabajar y sin seguro médico no pueden mantener sus tratamientos.
Me acosté apesadumbrada. Enfurecida por la injusticia. Y también temerosa. La Fortuna siempre ha sido arbitraria y nadie tiene la garantía de contar con su beneplácito. Soy afortunada. Lo son la mayoría de los que me rodean y aquellos a los que quiero. Y siento una especie de imposición moral de, desde mi fortuna, esforzarme por la de aquellos que no la conocen. No sé cómo. Y no me sirve aquello que decía Agustín García Calvo de que lo mejor que podemos hacer por los demás es estar bien nosotros mismos. Siento ese deber que va más allá de mis fronteras inmediatas, más allá de una donación, más allá de una afiliación.No sé muy bien hacia dónde, pero siento el impulso.