sábado, 28 de agosto de 2010

Un blog que da ganas

Hoy he descubierto el blog de My little things y me han dado ganas de meterme en la cocina y preparar cupcakes de chocolate, pastel de zanahoria, pastel de higos, calabaza asada, croquetas de jamón... y también me han entrado ganas de hacer fotografías de todos los resultados; y también me han entrado ganas de sentarme en el ordenador a contarlo.
Pero entonces Leo se ha despertado de la siesta, y cinco minutos después se ha despertado Bruno. He prepadado las meriendas, he metido toallas en una bolsa y nos hemos ido los tres a la piscina de mi mami. Allí le he hablado del blog tan bonito que había descubierto y en cuanto ha llegado a casa se lo he enseñado. Le ha encantado. Pero me ha dicho que le dan envidia las personas capaces de gestionar su tiempo y hacer cosas tan hermosas. He respondido que ella también hace cosas hermosas, al tiempo que me señalaba a mí misma (modestia no me falta) y a Leo, que cenaba junto a mí en ese instante.
Pero como ella misma ha comentado en algún otro momento de esta tarde, el peor defecto es la pereza. No es que esas personas que ella (y yo) envidia sean capaces de hacer cosas hermosas y los demás no. No, lo que pasa es que ellas tienen un recorrido fácil entre la idea y el acto o apenas sufren de pereza. Los que somos perezosos, nos quedamos en la cabeza, mientras los minutos se escurren entre los dedos.
Por eso estoy aquí, después de haber recolocado mis macetas nuevas, dándole sentido a algunas reflexiones del día y poniéndolas negro sobre blanco con el fin de evitar, cándidamente, que el tiempo lo olvide. Las sensaciones de haber visitado un blog que da tantas ganas de tantas cosas no pueden esfumarse. Había que hacer algo: encontrar un hueco así, una fortaleza contra la pereza.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Plumas


He guardado un montón de plumas en un bote de cristal. Han aparecido en el suelo y he pensado que lo mejor era guardarlas por si alguien viene a buscarlas.

jueves, 19 de agosto de 2010

Vacaciones


Ya hemos regresado de las vacaciones de verano. Y las cosas siguen exactamente en el mismo sitio en el que estaban antes de irnos. He estado de acá para allá: Colmenarejo, Valencia, Francia... Me he leído tres libros, he tenido cientos de conversaciones con un montón de gentes distintas y miles de pensamientos han pasado por mi cabeza. Y sin embargo, desde hace dos días, estoy de nuevo en casa, y las cosas siguen exactamente en el mismo sitio en el que estaban hace dos meses. Los libros continúan amontonados en el aparador. La cuna sigue esperando en nuestro dormitorio. Las lamas de la persiana han dejado de estar en el despacho para estar en la cocina. La lámpara del recibidor sigue sin funcionar. Y por dentro, las cosas no han cambiado demasiado. Las mismas incertidumbres, las mismas tristezas, las mismas perezas alrededor con las que tropezarse.
Y una tiene la sensación de que durante las vacaciones se ha desprendido de esos ropajes gastados. Pero con el regreso, a pesar de las nuevas energías que encontramos y que deseamos nos transformen en lo que deseamos, nos reencontramos con los fardos de siempre, porque no se fueron nunca, porque solo nos han dado vacaciones. Y al abrir la puerta de casa están esperándonos como siempre, deseosos de echarse en nuestro brazos. Y al hacerlo, se escapan volando las energías que nos harían libres. Estas son las vacaciones, ficciones sin continuidad.