viernes, 22 de enero de 2010

Rico entre las fieras y el olvido


Acabo de encontrarme, surfeando en la red, con la publicación de esta deliciosa obra de teatro, Rico entre las fieras. Mi tío, su autor, acaba de colgarla en scribd.com. No había vuelto a leerla desde que la interpretamos, por única vez (como dice el epílogo) en 1991. Me ha entristecido terriblemente no recordar apenas nada del texto. Lo estuvimos preparando varios días, ensayando mañana y tarde. En el estreno (yo animaba con un minueto al piano la subida del telón) me equivoqué nada más comenzar y tuvimos que empezar de nuevo. Recuerdo también los nervios, la familia y los amigos observándonos y la merendola de después. Y también, que uno de los amigos de mi hermano, que hacía de mono, se puso la capucha de su camiseta dejando las orejas al aire, lo que le daba un aspecto muy cómico. Esa fue una broma que duró algún tiempo. Sin embargo, no había ninguna huella del texto en mi memoria.
Sé que fue una experiencia grata y emocionante. Recuerdo con un inmenso cariño y agradecimiento los festivales que se montaban en Santa Susana cada verano durante mi infancia. Me encantaba memorizar poemas, representar pequeñas escenas y sentir el proyecto configurarse día tas día. Sin embargo, no entiendo cómo el mejor de todos los textos que nunca hemos trabajado se ha escurrido de mi memoria sin dejar el más mínimo poso de su contenido. Me entristece. Sobre todo, me entristece que es un olvido más, uno de tantos. Porque todo es olvido. El instante presente se apodera tan brutalmente de la memoria que no hay espacio para más. Lo que es pasado ya no es, pero debería seguir siéndolo.
Con esto no quiero defender la idea de vivir en el pasado, pero sí la necesidad de que el pasado nos configura y nos da perspectiva y visión para construir el presente. Si no, el resultado es un grifo abierto y el agua escurriéndose por el desagüe eternamente.
Por eso creo en el poder de la escritura, de la palabra. No hay mejor forma, junto con la fotografía, de luchar contra el olvido, de permitirnos retomar el hilo del pensamiento que un día existió y que fuimos nosotros. Porque esa niña de 12 años que tocaba el piano he sido yo, soy yo. A pesar del olvido.

miércoles, 20 de enero de 2010

Sobre el dolor que puede albergar el mundo

Hace 8 días hubo un terremoto en Haití, el país más pobre de América. El gobierno (lo que queda de él) dice que ha recogido entre 75.000 y 80.000 cadáveres. Sin embargo, hoy han encontrado con vida entre los escombros de su casa a dos hermanos de 7 y 10 años. Cuando los han sacado no paraban de llorar hasta que les han juntado las manos. Al encontrarse de nuevo el uno con el otro se han callado. Uno de ellos, al parecer, sujetaba fuerte un dedo, un dedo. Solo un dedo.

Cuanto sufrimiento real. Cuánto dolor. Y como todo en esta vida absurda, sin sentido. Dolor por dolor.

martes, 5 de enero de 2010

Deseando ser amish

El otro día me fui de compras con mi madre a uno de estos centros comerciales de la periferia. Cuando me subía al coche para escapar de aquel sitio después de una carrera infructuosa por varias tiendas en busca de no sé qué, deseé ser amish. Sí, vivir en uno de estas comunidades de Estados Unidos ancladas en el siglo dieciocho. Deseé no usar botones, construirme con la ayuda de la comunidad mi propia casa amasar el pan y, principalmente, estar al margen de todo aquello que sea consumir.
Pero me subí en mi coche, llegué a mi casa y descargué un montón de bolsas.